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Un poco más sobre cine: El inconcreto secreto del unicornio
Hace ya quince días que anduve hasta el cine de mi barrio para pasar por el tamiz de la tintinología la película de Spielberg y Jackson que se exhibe con el título de “Las aventuras de Tintín: el secreto del Unicornio”. La tintinología, ya sabéis, no es lo mismo que la tintinofilia, puesto que se ocupa más de descubrir las claves de que el universo creado por Hergé se sostenga de la manera que lo hace y no tanto de coleccionar maquetas, figuritas o gadgets de Tintín y sus personajes. La tintinología acostumbra a ser severa. Las claves del universo de Hergé son técnicas e inspiradas al mismo tiempo. Hergé es un maestro en armar realidades con la imaginación y su método es extraordinariamente complejo a la vez que produce un resultado natural. Trabajó las personalidades de los protagonistas de la saga con precisión, les dotó de pasado y futuro y a lo largo de la serie evolucionan de acuerdo a un plan general, que viene a ser un ciclo de iniciación. Los dos libros, precisamente, que reúnen la aventura del Unicornio y el Tesoro de Rakham el Rojo representan un momento de inflexión en la historia de ese grupo de personajes que determinará su destino de forma capital. ¿Encontraría esa complejidad en la película?
Era necesario echar un vistazo a lo que el famoso director/productor y el famoso productor/director habían hecho para iluminar la perfecta arquitectura del mundo de Hergé y dejarme llevar hasta conectar con su aportación al universo Tintín.
Así que me adentré en la película sin prevenciones ni prejuicios ni escrúpulo alguno y días después he puesto el artefacto audiovisual en cuestión bajo la mirada tintinóloga:
Me atrevería a decir que el guión está lleno de torpezas, a diferencia de los impecables storyboards de Hergé, de quien solamente han recreado las escenas, el atrezzo, las localizaciones… añadiendo un importante desconocimiento de la geografia y el arte, trufado con un desfile de tintinofilia kitsch que no duda en poner moais de la isla de Pascua en un palacio de un puerto marroquí, así que el efecto colateral de enseñar cosas de geografía y arte que tienen los álbumes “maduros” de Tintín, en la película desaparece. El verismo de los guiones hergeanos sufre también serios reveses cuando de repente un motor de avión puede funcionar con el aliento de alguien que se ha bebido una botella de alcohol clínico (supongo que es el momento pixar)… en fín, no entraré en detalles.
Las trepidantes escenas que hacen a algunos hablar de un Tintín “Indiana Jones”, a mí me parecen divertidas y no tan alejadas del espíritu de los álbumes. Por ejemplo, todo el volumen “El asunto Tornasol” es una pura persecución, pero es cómic, las imágenes están quietas, el movimiento sucede en nuestra mente. El cómic es cine dibujado. Y Hergé era un maestro en ello, puso muchas escenas trepidantes y vertiginosas en sus historias. La película las disfruta. La escena del robo de la cartera es magnífica. Ningún problema.
Si bien, salvando algunos detalles, la representación visual de los personajes es sugerente y atractiva en sus personalidades tridimensionales y sus voces son creíbles, la psicología de éstos se aborda de forma mucho más retrógrada. Haddock es, por ejemplo, un tipo barriobajero y cretino al que Tintín provee consignas de autoestima. Los secundarios, directamente, están tratados como estúpidos: los árabes son presentados como bobalicones, el frágil profesor Sakharine aparece, en un golpe audaz del guión, convertido en el villano tonto y ambicioso (en Hergé los villanos siempre son muy listos) desperdiciando un elemento clave de la trama: los peligrosos hermanos Pájaro. Con Sakharine como malvado viene de regalo algo totalmente infumable del tipo “lucha ancestral entre estirpes (El Rojo contra De Hadoque)” que es de vergüenza ajena, aderezado con magia baratucha al estilo Piratas del Caribe.
Como en el universo creado por Hergé todo encaja, quitar alguna pieza o mover otra de sitio hace resentirse la historia en el sentido de que la vuelve peor desde el punto de vista del guión y de su capacidad de sugestión. Moulinsart tiene sentido con un Tornasol dispuesto a actuar como mecenas con sus ganancias como inventor y muy poca credibilidad con un Sakharine en batín en una casa en ruinas que parece salida de una mala película de terror. Mucho menos Néstor convertido en iniciado… Eso sí, hay que decir que el marino Alan es tan estúpido y peligroso como en el cómic.
Como consecuencia de la chapuza del guión, la película se sitúa en el terreno de la mala imitación de un auténtico maestro del storyboard y creador de personajes. Aquí va una guinda final: para poder apañar el hallazgo del tesoro, en primer lugar resulta que Haddock jugaba de niño en el castillo de su abuelo y cuando descubren la estancia tapiada donde se oculta el tesoro, el mismo capitán sentencia: “Mi abuelo la debió tapiar cuando vendió el castillo”. Nadie en su sano juicio emparedaría a propósito su fabuloso tesoro en el sótano y luego vendería el castillo con el tesoro dentro para sanear su economía… Es un guión demencial. Hergé maneja el asunto de forma que el hallazgo del tesoro resulte ser karmático, fortuíto y merecido. En el cómic, cuando la misión fracasa, Moulinsart deviene una consolación y al mismo tiempo el receptáculo del destino. Tales sutilezas no esperen encontrarlas en este audiovisual.
En cuanto a la ética de la película, qué quieren que les diga, prefiero a la pandilla original de hiperactivos formada por un perro y un marinero alcohólicos, dos tontos del ala y un chiflado sordo como una tapia, adictos a las novedades y a meter las narices en donde no les llaman, que acompañan a un andrógino inexpresivo que parece salir de la serigrafía de una caja de galletas, que no ese puñado de personajes enloquecidos y fuera de contexto que presenta la película. De los primeros, al menos, se puede extraer una enseñanza: la amistad es lo más importante.
Eso sí, si van a verla, lleguen antes de que empiece, no vayan a perderse los títulos de crédito iniciales, ya que son fantásticos y, a diferencia de la película, rinden un verdadero homenaje a Hergé y al misterioso universo de Tintín.
Viajar en el tiempo
Cuando algo se nos mete en la cabeza, cuesta mucho quitárselo. Si nos fiamos de los sentidos, aún más. Ahí nace la imaginación, muy reacia al empirismo. Por ejemplo, recibimos del telescopio Hubble una imagen de un planeta quizá habitable, a sesenta años luz: lo que estamos viendo es algo que existía hace sesenta años. Así que, aunque lo veamos, hemos de mantener el esfuerzo de imaginarnos que aún existe, cosa fácil, por otra parte. ¿Y si hace 59 años fue alcanzado por un cometa y se fue al carajo? Sin embargo, la sensación de realidad es total. Como si pensaras hoy en alguien que conoces y mañana te dijeran que murió hace una semana.
Hay una forma muy sencilla de viajar en el tiempo: mírese en un espejo. La imagen que le devuelve reflejada es más antigua que el momento en que la está viendo, justo el tiempo que ha tardado la luz en devolver el reflejo. Es una fracción ínfima, ya que la luz va a 300000 km por segundo y usted está solamente a 50 cm del espejo, pero es, en cualquier caso, anterior. Ese que ve usted en el espejo ya no es usted.
Nuestra imagen del mundo sufre a menudo retrasos y acabamos viviendo un mundo que necesitamos imaginar, aunque quizá ni siquiera exista ya. Las grandes teorías de las ciencias no exactas se han forjado así. Es lo que llamamos ciencias humanas: las que tratan de sistematizar la imaginación: historia, psicología, sociología, periodismo… Por otra parte, tenemos a la gran hechicera: la filosofía que, como nunca ha sido sistemática ni imaginativa, está justo en el mismo sitio que aquellos que persiguen el bosón de Higgs. Por otra parte, es tan humana como las matemáticas o la física, que se relacionan bastante con la naturaleza.
No nos olvidemos de las ciencias o artes de la imaginación: liberados del compromiso tàcito de dar por hecho que las cosas existen, hayan existido antes o no, afirmamos que existe aquello que decidimos, sin más problemas o, al menos, sin más explicaciones. Podemos crearlo. Otra cosa es que sepamos hacer algo con ello. Aquí podrían estar los artistas. El punk, por ejemplo. Sí, la teología, aunque se acerca bastante a este enunciado, no hace mucho al respecto, sea lo que sea. No especula = no se refleja, no se ocupa del tiempo.
Juzguen ahora, desde la disciplina que quieran, una experiencia de viaje en el tiempo:
Siempre me ha fascinado Blow Up, esa película de Antonioni que tiene una estructura psicodélica perfecta. Creo que es la película que he visto más veces. Un fotógrafo está haciendo tiempo en un parque, pues ha ido a comprar una hélice a un anticuario. Paseando por el parque ve a una pareja y les hace unas fotos. La chica lo ve y trata de arrebatarle la cámara. El fotógrafo se escapa. Va a su estudio y amplia las fotos hasta distinguir entre la masa arbórea del parque el borroso reflejo de un hombre armado. Vuelve al lugar de noche y allí está el cadáver del tipo que estaba con la chica. Al final de la película le habrán robado las fotos, los negativos, habrá desaparecido el cadáver y algunos de sus amigos. Lo que les quería contar es que hace unos años la pasaron en un cine de Barcelona y me fuí con Fran Jurado y Carol Garsaball a verla una vez más. Esa vez me llevé una cámara. Hice clic en mi disparador al mismo tiempo que el protagonista en la escena del parque. Se lo puedo asegurar, simultáneamente, sin posibilidad de error. Y luego, en casa, amplié la fotografía y busqué al señor de la pistola. ¡Pero no estaba! ¡No estaba allí!
Ya pueden imaginarse, yo en mi estudio, tratando de emular al prota de la peli con el photoshop, y llevándome, como él, una sorpresa mayúscula, pero de signo totalmente contrario. En mi ampliación no había asesino, ni arma ni nada, luego, no tendría la menor opción de ser acosado por Vanessa Redgrave ni encontrarme en un concierto de los Yardbirds, ni siquiera ir a una fiesta de ácido organizada por mi mánager. Claro que antes no había hecho ninguna sesión de fotos con Twiggy ni me había revolcado con Jane Birkin por un plató. Tampoco tengo ningún vecino que haga pintura abstracta y a la vez hiperrealista. Me había gastado unos euros en hacer aquella foto, pagando la entrada del cine, pero no había ido a comprar una hélice en un coche deportivo descapotable. En mi Blow Up no había hélice ni asesino ni cadáver a la luz de la luna.
El cine y la literatura, quizá otras artes, pueden llegar a expresar la consistencia esencialmente lunar de nuestra existencia. El reflejo con que alimentamos nuestra certeza al hablarnos de nosotros. Cómo enloquecemos con, por y sobre el tiempo, sencillamente, gracias a los sentidos y la imaginación.
A mí me fascina la paradoja de que la foto que hice en el cine no puede ser la misma foto que hace el fotógrafo en la película, puesto que no hay pistolero en la ampliación, por lo que no puede ser una foto de la película, ya que en ésta sí que queda claro que hay un pistolero. La película miente, o mi foto, o ambas.

