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Cosas extremadamente sencillas aparentemente complejas
A propósito de que cualquier persona que elige un destino profesional que implique producir la muerte de otros es un enfermo mental, se me ha ocurrido pensar que la gente se muere en un 100% de los casos, pero no siempre a manos de otros o por orden de otros. Esos otros, interesados en la muerte de los demás, son muy peligrosos, puesto que ejercen una prerrogativa de la vida que depende exclusivamente de que estén vivos (ellos y sus víctimas), que es, precisamente, la única cosa que no han podido elegir. Y compiten con la evidencia en una supuesta supervivencia fundamentada en la sensación de seguridad que produce el exterminio unilateral. Como el niño que ve cómo emerge un bastón de caramelo de la cabina de premios, acrecientan la certeza con la estadística de la efectividad. Cuentan con su existencia y dudan en el momento de las cosas pequeñas, puesto que creen en las cosas grandes. Pero la rutina no perdona, el tiempo todo lo puede, y el asesino acaba encontrando su nombre en los aburridos repliegues de un presente que se repite sin más, con el tedio propio de las cosas creadas por uno mismo con la sangre y el dolor ajeno. Puede envenenar ancianos o fabricar minas, hacer puntería desde un balcón o bombardear ciudades… ¿qué más da? Ha llegado a la más pura esencia de la inutilidad natural: es un cero a la izquierda, ni siquiera es un ejemplo moral. Matar sin hambre no es, para un carnívoro, más que interrumpir la vida. Una prerrogativa del poder, la impotencia y la maldad. Analizar su comportamiento es aún más demencial que estudiar la liga profesional de fútbol. A menos que uno intente hacerse un hueco en esa ciencia de la miseria humana y practique el juego espúrio de los ornamentos, los galardones y las distinciones. Las muescas en la conciencia que simbolizan un recuerdo que se convierte en categoría. En un plano de continuidad, en un nivel.
Lo cierto es…
Lo cierto es que podíamos haber vivido simplemente en el sistema capitalista sin necesidad de pensar que lo estábamos aguantando. Al contrario, era lo natural. Como los peces de la pecera de El sentido de la vida (¿Dónde está Georges?). Y esto era algo bien preparado para no tener que aguantar ni aguantarse de nada, y ahora resulta que ya no podemos aguantar el sistema capitalista. ¡Córcholis!
Parece que siendo capitalistas esto comenzaba a no ser aquello que esperábamos del sistema en sí, que a lo mejor ser capitalista no era lo mismo en según qué nivel del capitalismo, etcétera. Por eso, los capitalistas pobres manifiestan a menudo que ya no aguantan más. Hay, a continuación, un legión de capitalistas burócratas que están convencidos de que preservan la democracia capitalista a partir del momento que mantienen a raya a los capitalistas desposeídos. Hay también capitalistas ricos fuertemente convencidos de que ese es su estado natural. El resto son bancos capitalistas y corporaciones capitalistas y fabricantes capitalistas de cosas que valen realmente la pena, como armas capitalistas, tiempo capitalista, espacio capitalista y el propio capitalismo como sistema en venta. Dejemos también un espacio capitalista para la ingenuidad capitalista de la idea de su perpetuación sin la existencia de las guerras capitalistas. ¿Cómo será recordada esta época capitalista?
Antes de poner más preguntas (aunque algunas sean retóricas, es evidente que los signos de interrogación molestan), hagamos esta pausa. Una vez hecha la pausa, sigamos con las preguntas:
Capitalistas engañados, apaleados, expoliados, ninguneados, próximamente arrinconados en los pasillos de urgencias. Los que gritaban en aquella viñeta del Roto: ¡Menos petróleo y más gasolina! ¿Quemados? ¿Indignados? No es tan difícil entender que después de tantos años de televisión controlada nadie o casi nadie sepa de dónde viene el peligro, ¿no? Pero no ha cambiado gran cosa desde hace muuuuuucho tiempo… El único problema es que ahora hay que establecer una división dolorosa entre pringados capitalistas clase A y pringados capitalistas clase B. Los pringados capitalistas clase A creen a pies juntillas que preservan el sistema de cualquier forma con tal de propiciar la aniquilación memorial del individuo clase B. Es decir: demostrar, como sea, que hay una buena parte de la población que no lo es o no debería serlo. Fascinante. Lo siento, a mí tambien me sabe mal. A nadie le gusta compartir ni la riqueza ni la pobreza. Aún diría más: a nadie le gusta compartir ni la riqueza capitalista ni la pobreza capitalista. Abundo: a nadie le agrada compartir el capitalismo, una cosa tan personal y propia… pero son millones de personas, ustedes sabrán… y eso sin contar con los que no han tenido la oportunidad de disfrutar de las extraordinarias posibilidades del capitalismo: diversión asistida, exaltación de la vitalidad como única forma de reconocimiento de la vida, denigración de los viejos, ocultación de la muerte y una idea práctica de la esperanza basada en plazos.
¡Sopas! Si no fuera por la cantidad de medios de difusión de las ideas que ahora mismo (y no crean que en tantos sitios) podemos usar para decir tonterías y/o cosas serias, de todo esto saldría una Biblia (o, para generalizar, un libro sagrado) que dejaría patidifuso a vaya usted a saber quién que aún dedicaría tiempo a a saber qué decían los de antes y probablemente asistiría al mismo tipo de transmisión de masacre en diferido que ha sido la historia humana hasta el advenimiento del pensamiento postmoderno, donde todo es en directo.
Aunque no rechazo la posibilidad de un memorándum, me quedo con esto.
Lean Philip K. Dick todo lo que puedan.
Crisis del espacio-tiempo
Hace un par de meses publiqué unas reflexiones sobre el uso político, económico, emocional y social del tiempo en mi columna de l’Independent de Gràcia, que me ha parecido oportuno ampliar aquí, aprovechando que no tengo limitaciones de espacio.
A menudo tengo la sensación de que en nuestro mundo de relaciones humanas todo es urgente pero todo va con retraso. Que vivimos atrapados en un tiempo social imaginario, una especie de pasado prolongado o quizá un futuro retrasado. Ofrecemos tiempo que no tenemos (“no te preocupes, que de esta semana no pasa”), pedimos a los otros el tiempo que hemos perdido (“¡lo necesito para ayer!”)” y, en definitiva, especulamos con el tiempo como los bancos lo hacen con el dinero. ¿Cuántas veces hemos vendido a otros el tiempo que alguien nos debía y que sabíamos que no nos iba a reembolsar? ¿Cuántos paquetes sub-prime temporales hemos endosado por ahí cobrando dicho tiempo por adelantado, convenciendo al cliente de que esas horas iban a valer más en el futuro, a veces, un comprador tan espabilado como nosotros, que trataría de colocarlas ipso-facto, cuando la verdad es que habían dejado de valer un pimiento nada más traspasarlas? Al fin y al cabo, ese es el tema que usan los guionistas en la mayoría de sit-coms, porque saben que el espectador lo va a captar y le va a producir hilaridad, es la materia de nuestro absurdo cotidiano y un combustible básico para el humor: la inversión egoísta, inmadura y ambiciosa en productos que no dan rendimiento… estamos, queridos amigos, ante el mayor malbaratamiento global del tiempo y el espacio que jamás se haya producido, probablemente desde el Big-Bang, que lo fue a lo grande.
Tiempo y espacio son las verdaderas monedas contemporáneas, tan exclusivas como el oro. Tiempo y espacio es lo que más valor tiene en nuestra vida: nuestro tiempo vital, nuestro espacio vital. Pero tan sólo intercambiándose entre ellas no pierden su valor, aunque al parecer, fue de buen gusto convertirlas en dinero y viceversa, lo cual le permitió a muchos tener cosas, objetos y también espacio-tiempos espúrios, como el viajar, y a otros, poder. Pero la cosa ha cambiado. Es decir, la debilidad del dinero, su inhabilidad, lo alejan de valores tan estables. Y ahí es donde descubrimos que hemos malgastado el tiempo y el espacio, si es que lo hemos atesorado para cambiarlo por dinero. Porque el dinero, convertido en unidad de solvencia ya no vale lo que cuesta; el tiempo y el espacio vitales se sitúan ya tan por encima del valor de las monedas internacionales que todo aquel espacio-tiempo atesorado para especular con él son casas vacías, terrenos yermos y horas de tedio no reembolsables. Eso para las personas. Peor es para los estados y los bancos y las corporaciones, las agencias y los ejércitos, para los que el dinero sólo era un valor intercambiable por poder, estatus, control y amenaza, es decir, un valor abstracto que contenía la posibilidad única de intercambiarlo por sí mismo o bien convertirlo en conceptos. Lo que para las personas es espacio-tiempo, para el estado es historia y territorio: ideas.
Así se ha generado una inmensa y estúpida crisis del inmenso y estúpido sistema capitalista, puesto que los acumuladores de espacio-tiempo, pagaban con dinero a los que, teniendo tiempo y espacio, querían papel bancario para llenar su espacio-tiempo de objetos y actos que, como eran esencialmente inútiles, sólo tenían sentido puestos en función de un valor artificial: el dinero. Las víctimas de tal delirio son, más allá de sus propios generadores, los que nunca accedieron ni a un capital ni a otro, los mileuristas, parados y pobres del espacio-tiempo, para quienes el sistema estableció el precio: tiempo = trabajo, espacio = vivienda y les exigió la vida a cambio, no sin antes hacer todo lo posible para que invirtiesen esa única vida en alimentar la estructura, gastando el dinero sobrante del precio de su espacio-tiempo en cosas generalmente absurdas, presentadas como imprescindibles, y establecer, así, una demencial (y por otra parte, cruel indicadora del nivel de inteligencia) relación entre la producción y la riqueza. ¿Cómo se les pudo ocurrir tal cosa? ¿De quién fue la idea de mandarlo todo al garete desproveyendo de un valor sólido al objeto de intercambio del espacio-tiempo? Sin duda, no nos engañemos, de alguien que sabía que esto no podía continuar así y pensó que la mejor forma de acabar con ello era dejar a los ambiciosos y a los depredadores del estatus que se comieran a sí mismos sin poner un límite de tiempo. Nadie ha aportado, verdaderamente, ninguna solución esencial que desactive la perversidad. Así que nos encontramos -somos unos privilegiados- ante el principio del auto-desmantelamiento inercial del chanchullo capitalista. No dudo que muchos inescrupulosos confían en que la cosa se regulará con unas cuantas guerras bien grandes. Pero quizá detrás de todo esto no haya nadie. Esta sería, entonces, la primera ciber-crisis.
En fin, que hay otra crisis que cuelga de la crisis económica: la del espacio-tiempo. Lo primero que ha hecho el sistema es despreciar el precio del tiempo. Habrá que gastar mucho más para conseguir lo mismo. La pérdida de la posibilidad de intercambiar tiempo por dinero lleva a la devaluación absoluta del trabajo (lo cual puede venir a decir que quizá no hace falta trabajar para aportar riqueza o, lo que es lo mismo, que sobran miles de personas), ya que el trabajo es la única cosa que la mayoría de la gente tiene para ofrecer a los dueños del dinero: su tiempo personal a cambio de pagar su espacio vital (no hagan mucho caso de todas esas zarandajas sobre el valor del conocimiento, que a veces las dice gente ingeniosa con ganas de ayudar y otras son excusas de mal pagador y se contradicen de raíz con la idea de que esto reflotará volviendo a asfaltar todas las calles y restaurando los monumentos). Se educaron varias generaciones en el comercio y los servicios… ya ven. Tampoco hubiera tenido mucha gracia formar miles de personas en disciplinas altruístas como la investigación o la medicina, habría resultado mucho más caro y no hubiera servido para nada: ¿quién iba a pagarles ahora que lo que interesa básicamente es la revalorización de la producción?. Sobra gente y, seamos sinceros: sobra dinero.
El gran problema es que se adoptó un sistema según el cual el dinero es lo que nos permite intercambiar tiempo por espacio. Con sólo destinar dicha relación a las cosas superfluas y mantener tiempo y espacio como derechos inalienables e inintercambiables con nada que no fuesen los propios tiempo y espacio, nos hubiéramos evitado la que se nos viene encima que es, por otra parte, una ristra de flatulencias del demonio de los que creen en ello. Para el resto, un mal rollo más, fruto de la vocación más enferma: control y poder. Algo imparable, chicos. Siempre lo vimos como una bestia domesticada pero, abramos los ojos, son los supuestos domadores quienes necesitarían un plan inmediato de reinserción. Pero para eso, ¿qué puede sernos útil, si sólo tenemos televisores de plasma, automóviles último modelo, el Barça, armas letales y un hambre secular?
A lo mejor la inteligencia, porque de los listos no me he fiado nunca. Quizá los idealistas que hablan del valor del conocimiento se refieran a eso, pero lo dudo. Creo que se proyectan en un conocimiento sostenible en la red de consumo, no en un conocimiento general e independiente de las cosas.
Lo siento por los que lleváis poco tiempo aquí, pero tengo que avisaros que todos estamos sentados sobre una bomba de relojería con el temporizador estropeado.
En fin, quién sabe, quizás así recuperemos el tiempo social y la existencia cuatridimensional del presente.
En todo caso, me parecía que tenía que aportar mi visión de esas cosas tan lamentables. Como las veo, me digo a mí mismo: digámoslo. Y voy y las digo. Ya ves truz.


