Los dispositivos silenciadores de armas no se inventaron para evitar la contaminación acústica. (1)

25 abril, 2011 § 2 comentarios

Este texto se publicó en el monográfico “Perifèries” (Reus, 1998), pero no me resisto a reeditarlo trece años después, visto cómo se hacen los cándidos algunos políticos y fingen escandalizarse otros, con el tema de las bombas de racimo españolas en la guerra de Libia.

ELOGIO DE LA MISANTROPIA

La periferia de un hecho no es lo que hay más allá de su radio de propagación sino, técnicamente, lo que lo rodea y delimita, a la vez que aquello que se establece como frontera entre el universo generado por el hecho en cuestión y los otros universos. Por ejemplo, es periférico que la Junta de Extremadura, en palabras de su presidente, no haya podido nunca averiguar qué pasa dentro de las instalaciones de la empresa Faex en El Gordo, Cáceres, donde todo el mundo sabe que se fabrican o se fabricaban (ahora parece que se destruyen, a pocos kilómetros de la central nuclear de Almaraz) las temibles minas antipersonales, modesta y eficaz aportación de la ingeniería a la elevación permanente del monumento a la perversión de la condición humana, sección mutilación de niños. Las minas antipersonales también son la periferia, y el negocio de crear una empresa (Surgiclinic Plus) que proveyera prótesis para los mutilados por las minas con capital de la propia Santa Bàrbara, empresa estatal productora de minas (El País, 16 de agosto de 1998), es la periferia. Es periférico que las fábricas de minas tengan comités de empresa y los sindicatos de izquierdas velen por los derechos de los trabajadores. Imaginémonos una huelga de obreros productores de minas anti-niño para conseguir más puntos por paternidad.

Esta periferia letal es la coherencia: aquello no puede estar allí, luego no está o es otra cosa. Eso me recuerda el “problema de otro” que definió el escritor Douglas Adams: “Algo que no podemos ver, que no distinguimos o que nuestra mente no nos deja observar porque creemos que es un problema de otro (…) El cerebro se limita a perfilarlo, es como un punto ciego. Si se mira directamente no se ve, a menos que se sepa qué es exactamente. La única esperanza consiste en percibirlo por sorpresa y de reojo”.

Todas las periferias aluden a uno o unos centros, y lo son en la medida en que estos “centros” tienen menos información de todo aquello que les rodea cuanto más lejos se encuentre concéntricamente de ellos. Y cada uno de estos elementos periféricos es centro que ignora periferias, que son los otros centros. Por ejemplo, el trabajador de la fábrica de minas ignora, ya que se trata del problema de otro, la vida de los niños mutilados y éstos la de este modelo de ciudadano demócrata y trabajador. Periférico es para los adultos lo que les pasa a los niños y para éstos, lo que se debate en los consejos de administración. Periférico es el centro y céntrica es la periferia. Y así como el centro es el problema de cada uno, la periferia es el problema de otro. Llegados aquí, hay que decir que apostamos con más entusiasmo por una visión barroca, con un mínimo de dos centros y una periferia, la suma de las distancias de cualquiera de sus puntos a estos dos centros fuera siempre la misma.

Cuál es el límite de la periferia: aquello que la separa de las otras periferias, una membrana. Eso, en una concepción de un universo multicéntrico, por lo tanto multiperiférico. En otra, unitaria, no hay más membrana que aquélla que limita la periferia con la nada. Esta membrana tiene esclusas que permiten trasladar aquello que, atravesando los desiertos de plasma, llega al núcleo, otra vez de vuelta, hasta expulsarlo de la misma lejana periferia hacia el exterior (con la colaboración de todos los centros periféricos por la salvaguarda de la imagen unificadora de nuestros tiempos: la zapatilla deportiva. Los refugiados llevan zapatillas deportivas, los presidentes llevan zapatillas deportivas, los mutilados llevan zapatillas deportivas, los prisioneros llevan zapatillas deportivas, Bill Gates no lleva zapatos, sino zapatillas deportivas, los scooters y los automóviles tienen forma de zapatilla deportiva, que es el nuevo uniforme civil, manufacturado por los niños del tercer mundo). La periferia moral, la periferia de todas las periferias, la periferia total, aquella en la cual pierdes el nombre, el pasado y el futuro, lo que puedes dar (a condición de que lleves zapatillas deportivas), es un infierno bastante bien conseguido, inventado para que vayan los inocentes, a donde los llevan animosamente aquéllos que (con botas, a pesar de que cada vez más, con zapatillas deportivas) “…sencillamente vestidos y cubiertos de polvo, presentan un rostro quemado por los rayos del sol, y sus miradas son arrogantes y severas: cuando se acerca el momento de la lucha, rodean de fe su alma y de hierro su cuerpo; sus armas son sus únicas galas, y las emplean con valentía ante los mayores peligros, sin temer el número ni la fuerza de los infieles: tienen toda la fe puesta en el dios de los ejércitos, y cuando batallan por su causa buscan una victoria segura, o una santa y digna muerte. ¡Oh! ¡Bienaventurada forma de vivir, gracias a la cual se espera sin miedo la muerte, anhelándola con alegría y aceptándola como la certeza de la salvación eterna”! (San Bernardo citado por Dumas), aunque, según Unicef, en las guerras actuales, mueren muchísimos más niños que militares.

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