Los dispositivos silenciadores de armas no se inventaron para evitar la contaminación acústica. (2)

25 abril, 2011 § Deja un comentario

Por la misma razón que he reeditado el artículo anterior, creo que vale la pena hacerlo con éste. Es un año más antiguo que el otro, se publicó en la revista Voice (Barcelona, febrero de 1997) y reapareció más tarde en el libro La música como destornillador (AudioTextos, Alcalá de Henares, 2003). Al principio parece que no tiene nada que ver, pero si las dos partes se leen de un tirón, aparece el contraste y se relaciona sin problemas con el texto de 1998:

LA MÚSICA COMO DESTORNILLADOR, capítulo II

No cabe la menor duda de que una de las razones por las que la música genera opiniones y sentimientos tan encontrados, es que no se pueden cerrar las orejas. Sin embargo, la especie humana ha desarrollado hábiles sistemas, tanto mecánicos como mentales, para solucionar ese problema: uno de ellos es el easy listening. Otro más, el esnobismo. Algunos teóricos apuntan que la danza podría ser otro de tales métodos.

Este mes de agosto me encontré con un amigo, músico hiperbólico, en una de esas playas urbanas donde, si te bañas por la tarde, puedes ver crepúsculos de ciencia-ficción. Tras charlar durante varias horas sobre los distintos calados, esloras y envergaduras de las tablas de wind-surf que naufragaban ante nosotros, extrajo de su mochila un bocadillo envuelto en papel de aluminio y se lo comió en silencio, momento que aproveché para dejarme llevar por los retazos de conversaciones que el viento llevaba caprichosamente de un lugar a otro de la playa, junto con las clásicas plumas de paloma y las gotitas de mar salado. Cuando mi amigo terminó su bocadillo, arrugó meticulosamente el envoltorio, me miró con ojos de atún en escabeche y dijo: “delicioso”.

A continuación expresó la siguiente idea, que yo me ocupé de grabar clandestinamente en mi equipo portátil y que ahora transcribo aquí con toda fidelidad:

“Cuando se come, hay que estar por lo que se come. No se puede engullir sin prestar atención a lo que se engulle, pues a un conocido mío éso le costó una gastroenteritis producida por un pedazo de badana que nadaba impunemente en el estofado de ternera. El comer es un acto individual que sólo puede compartirse si todos los que comen juntos están por lo que comen, lo comentan y lo engrandecen con su dedicación. No existe la comida rápida. Existe el comer deprisa. La comida puede prepararse con mayor o menor velocidad, pero hay que comerla con atención y deferencia. Y la comida que no valga la pena el tiempo de comerla con cuidado, no es propiamente comida, sino suero o pienso para consumo humano. Lo mismo puede aplicarse a los otros cuatro sentidos: si sólo leemos los titulares de los periódicos, debemos hacerlo con mayor cuidado y lentitud, para llegar a obtener la misma información que si leyéramos las noticias completas. Si no acariciamos a los perros y los gatos hasta que caen extenuados de placer, deberemos tocarles muy a conciencia la puntita del hocico cada vez que se nos acerquen, aunque luego nos lavemos las manos. Por lo mismo, si ocultamos nuestros olores cotidianos (corporales, ambientales) con esencias y detergentes perfumados, no podremos menos que profundizar en los diversos planos aromáticos diseñados por el perfumista, su alcance, perdurabilidad y clase social a los que están dirigidos. Y en cuanto al oído, despreciando la extraordinaria posibilidad que nos brinda la reproducción mecánica de escuchar muchas veces una misma música, habremos de distinguir, reconocer y apreciar, en una sóla escucha, los mil detalles sonoros de una composición cualquiera, por más easy listening que sea, puesto que para hacer una cosa bien (oir) no hace falta que otro la haya hecho bien (tocar), a menos que sea al contrario, y resulte que alguien está haciendo algo bien (tocar) para que nosotros hagamos algo mal (oir). En otras palabras: está bien apreciar la música como acompañante del cine, de la televisión, de la danza, de la lectura de revistas del corazón en las salas de espera de los dentistas o en los aeropuertos, pero la música, por si sóla, produce placer auditivo, cosa que se localiza en el córtex secundario del hemisferio cerebral derecho y, aunque se puede bailar sin música, ver sin oir o esperar al dentista en el más absoluto silencio, no pararse nunca a escuchar música sin hacer ninguna otra cosa es como aplaudir con una sóla mano y llegar a la conclusión de que simplemente se hace la mitad de ruido.”

Dicho esto, mi acompañante se incorporó, se sacudió la arena y se dió un chapuzón en el Mediterráneo, asustando momentáneamente a algunos peces y niños con flotador que se encontraban por allí.

En alguna otra orilla de aquel mismo mar, se construía a toda prisa un nuevo campo de refugiados, eufemismo que se refiere al hacinamiento de cientos o miles de personas que huyen de la guerra, es decir, de la muerte. Esta es la más elemental actitud pacifista. No hay nada más pacifista que un civil masacrado o muerto de hambre o de sed. De la guerra como negocio, no hay mucho que decir, sólo que aquellos que se entregan a tal lucro, lo hacen por dos motivos: o la muerte anónima de los débiles les produce anónimos dividendos, o el expolio directo de las poblaciones masacradas les permite quedarse con lo poco que tienen los más pobres. Detrás de ambas voluntades, encontramos escasa humanidad, y aún menos animalidad: sólo la peor de las ignorancias: la ignorancia de la nada, de la propia nada, alojada en míseras entidades semi-conscientes, capaces de realizar complejas operaciones matemáticas, recordar la fecha del cumpleaños de sus familiares e incluso, leer poesía.

Mísero negocio, la depredación de la propia especie. En la guerra, detrás de cada hombre desarmado está el asesinato del futuro y detrás de cada hombre armado, está la muerte del pasado.
Nuestra cultura, entregada a la estadística y las buenas apariencias, produce excedentes de civilización todos los días y, descartando la posibilidad de la felicidad de la mayoría de nuestros contemporáneos, atesora sus propios símbolos y los ajenos con sincero fetichismo: el ciudadano puesto al día, un ciudadano normal, pongamos un obrero de una fábrica de armas o de minas antipersonales, de un país “desarrollado” como España, por ejemplo, escucha las razones de una legión de asesinos en los noticiarios, mientras toma su comida diaria, y al terminar la jornada laboral puede acceder a la cultura, la historia y el folklore de pueblos masacrados el día anterior con las minas de la fábrica donde trabaja, escuchando discos de músicas “étnicas” en un equipo digital de alta fidelidad en su habitación, acondicionada con una potente calefacción, mientras se toma un refresco bien enfriado en el frigorífico y, lo más importante de todo: ha aparcado su automóvil último modelo (ya no existen los utilitarios) en el parking inteligente de su edificio de apartamentos. Por lo tanto, está tranquilo, y puede conocer las músicas de culturas remotas que sólo están a dos horas de avión sabiendo que todos formamos parte de una “aldea” global. Las tropas de las Naciones Unidas, las O.N.G., la televisión por satélite y hasta la mismísima velocidad de la luz, se ocupan en todo momento de distribuir fotografías de Ronaldo o canciones de Michael Jackson combinadas con los paradigmas de la caducidad: sopas de sobre y medicamentos, a todos aquellos cuya casa no existe pero, a lo mejor, tienen un fusil. Así, la primera virtualidad de gran alcance resulta ser la de los mundos ordinales, el primero para el tercero, el tercero para el primero. Y la segunda, la del dominó político-económico, con mayores índices de audiencia que cualquier deporte (en donde una ficha no representa a muchas personas, sino a una sola, o a dos, al estilo del cómic de superhéroes). El día transcurre, la Navidad nos parece universal y ahí está internet: la última oportunidad. La posibilidad terminal de que el mundo “desarrollado” llegue a ponerse de acuerdo para no seguir subdesarrollando al resto del mundo. Porque lo que es para entendernos con los que no tienen internet, no nos va a servir jamás, sobre todo si ni siquiera tienen electricidad.

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