Principios pitagóricos

5 junio, 2011 § Deja un comentario

“Absteneros de las habas”

(Pitágoras)

El precepto pitagórico de no comer habas, uno de los muchos “acusmas” o principios del nivel acusmático de la secta pitagórica, ha dado mucho que hablar. Como nadie sabe con certeza porque Pitágoras las prohibió, se ha especulado con el tema desde Aristóteles hasta hoy día. Unos dicen que lo hizo porque a los testículos se les llamaba “habas” en la Grecia de entonces, otros sostienen que fue porque las votaciones políticas se hacían utilizando habas secas, blancas y negras. Pitágoras, que tuvo bastantes problemas políticos que lo llevaron a instalarse en el sur de Italia, podría haberse referido a una enfermedad endémica, que se da básicamente en el contorno mediterráneo: el fabismo. No se trata de una corriente artística sino de una enfermedad congénita, producida por un gen que no tiene muy buena relación con un tóxico que contienen las habas y que provoca lo que técnicamente se llama deficiencia de glucosa-6-fosfato deshidrogenasa de los hematíes. Dicho de manera vulgar, te quedas sin glóbulos rojos en pocos minutos.

Pitágoras había nacido en el Egeo y quizás no sufría de fabismo, sin embargo, instalado en Crotona, al sur de Italia, se encontraba en uno de los puntos endémicos y, como era un hombre viajado, podía conocer la enfermedad y advertir de esta manera a sus discípulos. O quizás, sencillamente, no le gustaban las habas. Hay que valorar esta posibilidad, ya que el proselitismo es cosa muy humana y uno no se priva casi nunca de intentar convencer a los otros de lo que es Bueno y Malo, a partir de la experiencia individual de lo que nos gusta y nos desagrada.

Veamos, de todas formas, las zonas geográficas donde es endémico el fabismo.

Que se trata de una enfermedad mediterránea es evidente: sus focos se encuentran en el sur de Italia y Francia, Cerdeña, Menorca. Hay también un foco menor en África. En mi primer viaje a Cerdeña pude comprobar que las legumbres en general no son vistas con muy buenos ojos: después de una semana comencé a echar en falta las lentejas, las judías y los garbanzos, elemento fundamental en mi dieta y la de mis amigos. Cuando sugerí buscar un restaurante donde poder comer legumbres, mis anfitriones me confesaron que eran alérgicos. En Cerdeña, donde no son especialmente aficionados a la pasta, resuelven el aporte de fibra y minerales con abundantes ensaladas. Y la oxitocina, en lugar de obtenerla de las legumbres, probablemente la liberan en el hipotálamo con el recurso del aguardiente más risueño que he probado nunca: el filu ‘e ferru.

La poca afición sarda por la pasta queda patente en la advertencia para turistas que cuelga en una pared de A Balena, en Cagliari, uno de los más secretos y fascinantes restaurantes de la ciudad:

Seria advertencia

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