¿Quién se aprovecha de los músicos?

23 agosto, 2011 § 7 comentarios

fenómeno

Sigámosle el juego al discurso actual materialista sobre la situación de la música, los músicos y todas esas cosas y tratemos de hacer un poco de luz sobre los robos, engaños, estafas y timos de que son objeto los músicos, acudiendo a la experiencia propia. Aunque también hay  otros tipos de abusos habituales al colectivo, puesto que no todos los que se aprovechan lo hacen con fines lucrativos…

No tiene la duración habitual de mis post. Es más largo. Espero que encontréis el momento de leerlo, ahora que tenéis más tiempo libre.

Y de postre, la cabeza del Bautista

(Accidents Polipoètics)

Pero: si estamos en los postres, ¿quién se ha comido el aperitivo y los platos siguientes?

Vamos a ver si podemos hacernos una idea sobre quién se aprovecha de los músicos, para ello, vamos a explorar dicha posibilidad en los colectivos que les son afines.

1. De los músicos se aprovechan los chorizos: los de la SGAE, que se quedan su dinero recaudado euro a euro con tesón por desagradables e insensibles inspectores malpagados, y Fèlix Millet, que es un máster en el tema comparado con los otros, ya que en vez de recaudar euro por euro parece ser que conseguía las subvenciones para los músicos y se las quedaba, no sin antes repartir con los mirones. Pero los chorizos se aprovechan de los otros colectivos profesionales igualmente, y también de los no profesionales. Piensen ustedes que los músicos no son lo mejor del mundo si quieres robar en serio. Estos tipos de la SGAE tuvieron que llegar a gestionar los derechos de miles, muchos miles de músicos, para poder hacer un cajoncito donde meter mano; Millet lo consiguió representando una institución musical centenaria llena de músicos, vivos y muertos, por todas partes. Yo creo que quienes le daban las subvenciones se imaginaban que también representaba a los fantasmas de los fallecidos que forjaron la historia del Palau de la Música. Pero de músico en músico, poco se puede sacar, por eso la profesión de chorizo abarca todos los sectores, es un oficio transversal que debe practicarse en todos los niveles económicos, sociales y profesionales si se quiere tener éxito. Se puede robar a pobres, a ricos, a tu propia madre, a un niño hambriento y a un millonario borracho, a los amigos, al estado y a otros estados, y llega un momento en que lo puedes hacer en cualquier estado ya que, cuando empiezas a tener mucho dinero, el estado en el que te encuentres no importa mucho, mas no todos los chorizos pueden robar a gusto, no siempre hay dinero a mano y pocos de ellos son tan inteligentes como para robar cosas valiosas de verdad, como el ánimo, una tarde de verano o no tener que ver a alguien que te cae fatal (ya sabemos que hoy en día casi todo lo que nos hace infelices se mide en dinero y todo lo que nos hace felices se mide en tiempo y espacio). Hasta se puede robar uno a sí mismo, así nació el concepto de ahorro. Así que los chorizos no deben ocupar mucho en el queso estadístico de la pregunta del día: ¿Quién se aprovecha de los músicos?

2. De los músicos también se aprovechan muchos propietarios de la hostelería: esos tipos que están encantados de que toques en su local el día de la semana que más vacío está, que te hagas tú la publicidad y consigas que tus amigos lleguen tarde a trabajar al día siguiente porque no van a hacerte el feo de no ir a tu concierto, paguen la entrada y consuman en la barra a precio de hotel lo que un par de horas antes valía menos de la mitad. En cuanto a si te vas a llevar la taquilla, o de ahí te van a descontar algo para pagar a algún empleado (al que cobra, precisamente en la taquilla, o al técnico de sonido del local, por ejemplo, aunque tú no lo hayas pedido y sintiéndote acomplejado porque esa pobre persona ha tenido que venir a trabajar ese día sólo para tí, pudiéndose haber quedado en casa, porque lo que te han descontado de la irrisoria taquilla es irrisorio hasta para alguien que cobra en una taquilla) o bien has aceptado el trato-truco de llevarte la diferencia del precio aumentado en las bebidas en barra, lo cual te enemistará aún más con tus amigos y además no podrás invitarlos: el férreo control de los camareros te hará entender la diferencia entre lo que vale y lo que cuesta una cosa y acabarás comprendiendo por qué en cuanto acabó el concierto se fueron todos al bar de al lado, con el resultado de que lo que cobres será probablemente una miseria. Aunque, atención: ni todos los hosteleros son unos gángsters ni hacer esas cosas es de chorizo, entra dentro del libre mercado, no hay engaño ni coacción, son transacciones entre adultos, etc., pero desazona mucho a los músicos, lo cual quizá les lleve al alcoholismo y de ahí se conviertan en buenos clientes de tales establecimientos (ya sabemos que los músicos suelen reunirse para beber básicamente con músicos, por eso acaban yendo de copas a los sitios donde tocan, como si fueran elefantes de visita en el cementerio). Pero no creo que sea de eso de lo que se aprovechan los hosteleros, sino del hecho de que ocupar el local los días de nunca-viene-nadie con alguien que ha venido y no cuesta nada, da unos beneficios, por poca gente que venga, proporcionalmente muy superiores a los de un día en el que igualmente habría público, haya concierto o no. Por lo tanto, la plusvalía que genera el trabajo del músico en tales circunstancias es superior a la que es capaz de generar el negocio central (vender copas) y rinde beneficios superiores al coste de su trabajo. En términos capitalistas se llama explotación. Es falso que exista un intercambio equitativo. Aunque hay que reconocer que muchas veces es una relación de sado-masoquismo consentida, también es cierto que no existe ninguna cultura ética sobre el tema en nuestros días y para muchos es lo más normal del mundo. En la hostelería, por otra parte, es común aprovecharse también de otros colectivos sociales: vecinos cocidos a fuego lento, profesionales (camareros sin contrato o con turnos esquizoides), y también de los clientes: los cáterings de las empresas-demasiado-lejos-para-ir-a-comer-a-casa, cien ensaladas de menú conseguidas con una sola lechuga, el garrafón en las discotecas, el vaso de plástico de los festivales, el agua mineral a precio de whisky o la técnica de contratar camareros sádicos licenciados en carreras sin futuro que odian trabajar de camareros y siempre miran hacia otro lado cuando tratas de pedirles una copa. Al menos, los músicos suelen ir a sitios donde sirven bien las bebidas, por lo que hemos de considerar que tampoco el gremio de la hostelería ocupa un pedazo tan grande de este camembert estadístico sobre la pregunta del día: ¿Quién se aprovecha de los músicos?

3. De los músicos se aprovechan las compañías discográficas, sus ejecutivos y propagandistas, sus asesores y cazadores de talentos. Entre ellos y los músicos tienen montado un importante negocio. No hay músico rico que no haga ricos a sus divulgadores. Figura en sus contratos. Lo hacen a diario y se reparten bastante bien los beneficios. Todo se basa en la multiplicación, una cosa muy bíblica. Piénsenlo, el milagro de los panes y los peces es anterior a Henry Ford y la producción seriada. Multiplicar cosas idénticas fascina a nuestra civilización, es una de las aspiraciones pretéritas del ser humano. Esta gente está en ese asunto. Además hay que contar con la fascinación que nos sigue produciendo el tema de la reproducción, que aún es mas serio que la multiplicación. Lo de la grabación ya es para santiguarse. ¿Quién se iba a imaginar que Rihanna estuviera cantando en seiscientos mil sitios del mundo a la vez? ¿Y a quién se le ocurriría perder el tiempo imaginando eso? Pues a este tipo de gente: Edison, Valdemar Poulsen, los ejecutivos de las discográficas, los disc-jockeys, la propia Rihanna y un montón de personas que le dan importancia a esas cosas. Pero no se ha demostrado que porque muchos miles de individuos estén escuchando lo mismo sin conocerse, sean más felices. Cuánta gente es del Barça en tantos rincones del mundo y el resto del tiempo se tirotea para poder comer. No deben ser muy felices. Quizá la música haga feliz a alguien, pero no creo que sea especialmente a los ejecutivos de las discográficas, andan demasiado atareados. Aunque hay que reconocer que los músicos, como siempre precursores en los temas económicos (acabemos ya con ese mito tonto de que los músicos no entienden de números), entraron mucho antes en crisis y ahora mismo los cazatalentos de las discográficas trabajan de cualquier otra cosa. Se acabó el problema: quedan un par de multinacionales que ya lo absorbieron todo y cualquier día se fusionarán, y no están por la labor de arriesgar dinero. Hoy en día hay tan pocos músicos que acceden a esa plataforma que dudo que alguno lo pase mal. En todo caso lo deben pasar mal quienes no forman parte y creen sinceramente que podrían hacerlo. La industria discográfica lleva tanto tiempo autoplagiando sus propios productos que detectan rápidamente al imitador sin recomendación. Al show-biz llegas con espónsor, como en la Fórmula 1. En todo caso, hay otro colectivo del que las discográficas se aprovechan sin dudar: el público, al que le venden un disco por el 300% de su valor. Existe otro tipo de discográficas, las llamadas “independientes”, pero ahí es muy difícil aprovecharse de los músicos. En los ochenta, quizá en los noventa, era posible, incluso algunas de estas empresas acabaron en las tripas de una multinacional, pero ahora parece imposible. Quizá algún editor o muchos le han hecho perder a un músico algún amanecer hermoso, o una novia o incluso las llaves de casa, pero como no sabrían que hacer con ello, no se han podido aprovechar. Así que, por activa o por pasiva, tampoco podríamos decir que de esta teta gallega estadística las discográficas tengan una gran porción en relación con la pregunta: ¿Quién se aprovecha de los músicos?

4. Los mánagers se aprovechan de los músicos. Es cierto, sobre todo para ligar y/o para relacionarse socialmente. Hay mánagers que no pagan lo que deben a los músicos pero dejan de serlo a continuación. Un músico puede confiar en un mánager hasta que éste falta a su confianza, a partir de ese momento, se alejará de él, no frecuentará los mismos bares y llamará insistentemente para que le paguen lo que es suyo hasta que el mánager cambia de número de teléfono y urde cómo apiolar a algún otro músico que, si es posible, no sea amigo del último estafado. Pero eso no son mánagers, sino gente que va de mánager y no lo son. El verdadero mánager se desvive por los músicos, reparte las pérdidas y las ganancias, vive y duerme con ellos si es necesario o los acompaña a casa sea la hora que sea, defiende el producto ante quien sea, busca, indaga y encuentra conciertos, presiona a la discográfica y a los medios de comunicación, asiste a los ensayos, revisa los camerinos nada más llegar a la sala y encuentra cervezas a horas intempestivas en ciudades extrañas de países lejanos, por lo que es lógico que el músico reparta con él sus beneficios y esté satisfecho con la relación. Aún así, hay un tema delicado, que no corresponde a este post y que podríamos concretar en dos preguntas: a) ¿tiene sentido que algunos mánagers pidan la exclusividad sin haber demostrado antes la capacidad de cumplir con las expectativas? b) ¿Es esta una tierra de mánagers profesionales y se les considera una parte importante de la cadena de producción de la música?. La respuesta a ambas preguntas es no. Precisamente por ello, no parece que los mánagers se lleven una parte demasiado grande del reblochon estadístico respecto a la pregunta: ¿Quién se aprovecha de los músicos?

5. Hay promotores que se aprovechan de los músicos. Partiendo de que el promotor es un intermediario bastante necesario para el músico en algunos contextos y aplicando la vieja máxima de que quien más fácil lo tiene para aprovecharse de uno es aquél que nos resulta imprescindible, no tardaremos en encontrar casos de flagrante timo al músico por parte de un promotor por aquí y otro por allá, pero no crean que tantos. Vayamos paso a paso. Hay dos tipos de promotores (también conocidos como organizadores):

1. El que negocia directamente con instituciones públicas.

1.1. Organizando conciertos con el soporte de éstas:

Estos promotores pueden, en el caso de programar festivales, por ejemplo, aprovecharse de algunos músicos, ofreciéndoles tocar por muy poco dinero (a veces gratis) y en muy malas condiciones de horarios, sin costearles los desplazamientos y demás, pero eso sólo les pasa a los músicos poco o nada conocidos o, en la variante idiosincrática catalana, a los músicos locales. Pero no debemos considerar a ese promotor como un monstruo, un psicópata, desprovisto de los sentimientos más básicos de la especie humana, puesto que él es, a su vez, víctima de los músicos muy conocidos (o en la variante idiosincrática catalana, extranjeros) que le exigen sumas astronómicas para poder tocar, además de camerinos de lujo asiático, pruebas de sonido de varios días y toda clase de drogas. A pesar de ello, el promotor, impelido por su ética, programa grupos locales y emergentes, aunque se sienta frustrado por no poder pagarles.

1.2. Programando conciertos organizados por las propias instituciones:

Los que programan para las instituciones trabajan distinto.  Un músico es caro cuando sabe que actúa para una institución pública. El promotor también suele serlo. Ambos colaboran y en algunos pintorescos casos acaban por asociarse. Sea como sea, lo normal es que ambos acaben sufriendo por igual los retrasos en los pagos que toda institución que se precie eterniza para, así, no destrozar su propia imagen.

2. El promotor privado, que arriesga su propio dinero, alquila una sala, paga los carteles y contrata al artista, puede ser de dos tipos:

2.1. El que sólo contrata grupos de los que piden mucho dinero, camerinos con lujo asiático y toda clase de drogas:

Éste raramente pierde dinero en la operación, ya que la oferta en que arriesga es mediática o muy popular, la sala está de moda, etc. Si perdiera dinero, los bancos saldrán en su ayuda, es alguien que mueve a menudo cantidades altas. No dejará tampoco colgado al músico, ya que le caerían encima un montón de abogados ingleses con malas pulgas.

2.2. El que contrata a todos los demás (de éste hay dos tipos más):

2.2.1. Uno, no muy común, que el día que no llena una sala y pierde dinero le paga una parte al músico en el camerino, le dice que va al cajero de la esquina y desaparece por siempre jamás. Como el día en que no se llena una sala llega tarde o temprano, es de desear que a estos promotores capaces de hacerle eso a alguien, les pase cuanto antes, quedando inhabilitados por el boca a boca que, en el gremio musical es muy efectivo, y así muchos músicos quedan libres del azar de encontrárselo algún día.

2.2.2. Este otro es aquél que el día que no llena la sala, lleva al músico al hotel y se va a empeñar su coche para poder pagarle. En este caso, por su bien, también conviene desear que tales fracasos se presenten pronto en su vida, para que aún esté a tiempo de cambiar de profesión, aunque es a estos promotores a los que, muy habitualmente, los músicos respetan y hacen los mejores precios, incluso, si hay que ayudar, tocan gratis.

De lo dicho anteriormente, se deduce que del gruyère estadístico que resultaria de las respuestas concretas a la pregunta: ¿Quién se aprovecha a los músicos?, no son los promotores precisamente quienes se llevarían la parte sólida.

6. Hay músicos que maltratan a los músicos. Ciertamente, los hay. Se habla de los excéntricos líderes de las bandas, de los cantantes con delirio de grandeza, de los directores de orquesta tiránicos, de productores sádicos, de compositores de mente retorcida y de orquestas de fiesta mayor en régimen de esclavitud. Hay cientos de rumores sobre todos ellos que excitan el imaginario popular y sirven a los músicos para pasar largas horas charlando en la furgoneta: El guitarrista líder que soborna al técnico para que baje el volumen del segundo guitarrista en los conciertos, el cantante número uno en las listas de fusión étnica que tiene a diez subsaharianos en un piso patera componiendo para él, el director de orquesta que lleva a un prometedor primer oboe a acabar tocando el contrabajo en un club de mala muerte porque un día le contradijo sobre la ejecución de un pasaje, el productor que una noche hizo repetir tantas veces una línea de bajo que el bajista enloqueció y desde entonces cree que es un ánade gris, el compositor que escribía para la mano izquierda del piano con la perversa intención de provocar una fractura múltiple en los dedos del pianista… y qué me dicen de la Orquesta Pijamarama, formada por un teclista y una cantante, casados y con tres hijos, residentes en Bujaraloz, que durante las giras por las fiestas mayores de los pueblos alimentaban a los músicos con Dog-Chow y les hacían dormir uno encima del otro en el camión del sonido mientras ellos se iban a la fonda…

Pero todo eso son rumores, leyendas que flotan en humaredas cannábicas y vapores etílicos a las que no hay que prestar mayor atención. Los músicos, como cualquier otro colectivo humano, tienden a generar su propio imaginario común y el suyo en especial es complejo, está lleno de lo que se llama Niveles de superación de dificultades cíclicas y de lo que se conoce como Niveles de superación de dificultades inmediatas, que son hitos de su particular recorrido iniciático. Estos casos de perversión y abuso, si los hay, son muy pocos y los propios músicos dudan de ellos, incluso cuando les suceden, debido a la estructura mítica de su comportamiento.

Los músicos en general, sobre todo cuando no mandan y no tienen dinero (que es casi siempre), son muy solidarios entre sí, por lo que difícilmente el gorgonzola particional de esta autoencuesta otorgará a éstos una porción importante en relación a la pregunta: ¿Quién se aprovecha de los músicos?

7. Los técnicos se aprovechan de los músicos. Bien, eso dicen ellos. Lo que fue un tabú ha acabado siendo una reivindicación: el colectivo de técnicos de sonido (los de luces, la verdad, viven en su limbo particular) reclama la potestad de descomponerle un concierto al músico si este no le trata con respeto y, sobre todo, si no usa su lenguaje. Otra cosa que los técnicos odian de los músicos es que sean caprichosos o que pidan cosas que no saben para qué sirven. Y es cierto, cuando los músicos se comportan así, los técnicos suelen estropearles algún truco, quizá el concierto entero no, pero en algún momento la voz deja de oírse, o cosas así. Pero eso no es aprovecharse, nadie sale beneficiado de estas cosas. Músicos y técnicos se detestan desde el invento de los equipos de sonido, ambos con razón, el músico ha sufrido una legión de técnicos ineptos (la mayoría músicos) y el técnico ha tenido que aguantar a centenares de tipos presuntosos que no saben ni afinar el instrumento y que dicen cosas como “no me oigo la guitarra” sin haber conectado el cable. Sin embargo, en ambos colectivos hay profesionales de tomo y lomo y es de lógica pensar que el resultado técnico de un concierto beneficia o perjudica por igual a ambos, de lo que deducimos que el aprovechamiento de los músicos por parte de los técnicos, que sólo podría arrojar como beneficio el desahogo personal y la tranquilidad de conciencia, es equiparable al de los músicos que torturan al técnico para que parezca que saben cómo funciona lo de la sonorización porque ha venido una periodista a la prueba de sonido, y de ahí colegiríamos que es verdaderamente pequeño el trocito de los técnicos en el parmesano estadístico para nuestra pregunta (retórica): ¿Quién se aprovecha de los músicos?

8. Los políticos se aprovechan de los músicos. Desde la antigua idea de los himnos (esas músicas esencialmente feas cuyo cometido es simbolizar oficialmente a un país), las relaciones entre música y política han adoptado muchas formas. De la canción símbolo a la canción slogan. Como algunos músicos han accedido a niveles de popularidad altamente superiores a los de los políticos, en las estrategias de propaganda política tiene sentido el “ponga un músico en su foto”, como lo tiene contar con algún deportista mediático. A veces, los músicos hacen esto por dinero, otras por simpatía y otras, por error. Los políticos lo hacen porque potencia su visibilidad, proyecta su imagen a los seguidores del músico. Un artista popular es un talismán, incluso, a veces, puede llegar a ser un ministro de cultura. Yo creo que la política se aprovecha más de la música que de los músicos, y diría que incluso más de los equipos de amplificación en abstracto. También puede darse un aprovechamiento bajo el concepto de requisa, por ejemplo, retirando el 50% de la subvención a las escuelas de música una vez matriculados los alumnos, como acaba de suceder. En este caso, quién podría acusarme de cínico si digo que es por el bien de los bancos y para que puedan hacer frente a los créditos que deberán solicitar las propias escuelas y los mismos alumnos, en aras de poder mantener la educación.

Pero quizá la música en la política pueda ser contraproducente: las canciones de las campañas electorales, la horripilante cosa que cantaron Freddy Mercury y Montserrat Caballé para la olimpiada de Barcelona… pueden ser gafe, mientras que la política de la música es inherente a cualquier manifestación musical. El músico es un agente social, hay una posición política clara en cualquier artista (aunque no sea intencionada) y, sí, claro, también su interés o desinterés por lo que explica ad hoc puede resultarle gafe, a él o a la humanidad. Se puede ver o no, depende de si lo quieres analizar.

También está el uso de la música en la conspiración y el espionaje, Grandola Vila Morena en la revolución portuguesa, partituras conteniendo fórmulas físicas en la segunda Guerra Mundial y Vaclav Havel sacando de Checoslovaquia los masters del grupo proscrito Plastic People en una valija diplomática,  y el peor y más terrible uso de la música: el uso bélico, como el asedio a Noriega o el de Wako y el uso para la tortura, tan habitual en Guantánamo como en las comisarías de tantos y tantos países. Pero no deja de ser un aprovechamiento de la música, no de los músicos, por lo que deducimos que los políticos (ni los militares) tampoco es que se lleven la mayor parte del emmental elemental de esta estadística de estar por casa sobre ¿Quién se aprovecha de los músicos?.

9. El público se aprovecha de los músicos, claro que sí. No cabe duda que vivimos una férrea dictadura mundial, conocida como “dictadura de los consumidores”, que detenta esa entidad abstracta conocida como el mismísimo público y decide cosas tan poco triviales como qué determinado tanto por ciento de la población decide si algo vale o no la pena y por lo tanto, cuánto dinero vale. Esa entidad abstracta y masiva tiene sus portavoces, normalmente representantes de los agentes descritos en los puntos 1 a 8 y que, sí, ciertamente, manejan sus estadísticas personales que arrojan, a todas luces, qué mola y qué no, o no tanto. Siendo 7000 millones de personas se puede entender la existencia de sustanciosas minorías y los mercados periféricos, pero la mayoría de músicos prefiere gustar a mucha más gente que a poca, y vean ustedes el resultado: la exigencia de satisfacción reconocible mayoritaria expresada en los pedidos que envía la clase consumidora a través de sus representantes (compañías discográficas, operadoras telefónicas, partidos políticos, empresas de management, promotores y directores de orquestas de fiesta mayor), no puede llevar a equívoco: los músicos deberían hacer eso justamente que gustó o incluso llegar a que guste por no parar de hacerlo, como Georgie Dann o Dead Can Dance, y por tanto, no se puede decir veramente que el público se aproveche de los músicos, ya que éstos, sin la directriz del consumo, podrían hacer músicas realmente peligrosas y, probablemente, evolutivas, lo cual no beneficia demasiado a quedarnos como estamos. En cambio, el músico que entienda tranquilamente quién manda en todo este asunto, se aprovechará del público, haciendo exactamente aquello que demanda y obteniendo a cambio agradables sensaciones de control y poder. Por ello no hay que prestar mayor importancia al tema del público, dentro del babybel analítico de este temazo: “Quién se aprovecha de los músicos?”

10. Cada músico se aprovecha de sí mismo. Ciertamente, los que se especializan en atletismo, perdón, virtuosismo, pueden sufrir lesiones, pues hipotecan su cuerpo con prácticas demenciales que pueden llevar al envejecimiento prematuro, la artrosis y muchas otras desgracias. Como todas las disciplinas de corte ascético y faquirismos comunes a muchas prácticas de interés público, deberíamos remitirnos a algunas de las ideas vertidas en el punto anterior, puesto que el público, en última instancia, es muy exigente con el esfuerzo ajeno, pero no debemos menospreciar las motivaciones de superación personal y otros tipos de zarandajas que la sociedad vierte a través de la cultura en el mundo del arte, como lo vierte en otros mundos catacúmbicos, como el deporte, el ejército o llegar a final de mes. La transmisión del mensaje es clara: ante todo, lo difícil es probablemente mejor. ¿No es este un mundo pintoresco?

De esta manera, el músico que ha pasado los mejores años de su vida luchando contra un instrumento inventado por alguien 700 años antes, para poder alcanzar una habilidad fuera de serie, se ha aprovechado de sí mismo para poder conseguir algo para sí mismo, como precisamente ser él mismo siendo capaz de algo que no hubiera conseguido sin modificarse profundamente a sí mismo. Pura alquimia. Lástima que esté en el nivel del faquir. Me parece más interesante el camino de quien se aprovecha de su propia imaginación y de sus sueños y luego emplea su tiempo en descubrir cómo podría explicarse. Pero, atención, ambos se aprovechan de sí mismos, y aquí no cabe la menor duda. ¿A quién sirve sino a él ser el que quiere ser? No es tan extraño, casi todo el mundo persigue eso en cualquiera que sea el ámbito social o vital, lo único chocante para la sociedad no-música es que en los músicos se manifieste precisamente en el ámbito profesional, lo que encarece muchísimo el precio de la hora trabajada. (Tan encantados estarían los músicos de que todo el mundo hiciese música por su cuenta como la sociedad de que los músicos fuesen amateurs y dejaran de fastidiar). Por lo tanto, ante este delirante equilibrio, aunque el músico que se aprovecha de sí mismo se llevaría una parte grande del camembert final de esta estadística veraniega, teniendo en cuenta que ello sólo sucede en la esfera personal, anímica o del autorrendimiento, y no tengo espacio para la especulación sobre el acto de imaginar y su trascendencia social, no tiene la menor relevancia a los efectos de lo que nos ocupa, que ya no sé ni lo que es.

Bien, cabe llegar pues a la conclusión de que los músicos se aprovechan casi exclusivamente de sí mismos en persona personalmente, y en menor medida se aprovechan de ellos los otros miembros de su amplio colectivo profesional, integrado por gestores, hosteleros, editores[1] de discos, mánagers, promotores, otros músicos, público, políticos y vaya usted a saber quién más.

Una vez llegados aquí, cabría decir: “cuánta gente se aprovecha de los músicos, pero qué poco, en el fondo”, pero todo esto quizá haya sido una simplificación o una reducción al absurdo, a lo mejor muy pocos se aprovechan mucho…

Nuestra organización cultural, social, económica y política es básicamente competitiva y muy poco dada al mutualismo y la simbiosis. Aquí reina la depredación, por lo que el aprovechamiento del otro (que no es una cosa mala en sí, si se obtiene a cambio algo igualmente necesario y la relación asegura la subsistencia de ambos) consiste en dejarlo más jodido de como estaba, en términos generales, aunque llega a niveles de sofisticación que pueden confundir a la mirada superficial. Por eso me propuse escribir este post desde una visión económica amplia y no exclusivamente crematística. Aunque es probable que por el camino haya abierto algunas puertas que comunican con sitios que ni siquieran tenían que ver con el tema y haya cerrado otras sin darme cuenta. Es que hace mucho calor. Pero el verano lo perdona todo, si la tierra fuese cúbica en lugar de ovoidal, y tuviese cuatro soles fijos, uno para cada lado, todos seríamos más radicalmente felices y siempre nos quedarían unos polos bien angulosos para practicar los deportes sobre hielo.


[1] Hay que explicar que hay otro colectivo, casi desconocido para el público, que son los que realmente se llaman editores, es la gente de la E final de la SGAE. Sustituyeron a España en el anagrama, así que no son cualquier cosa. Investiguen y fliparán. Esos sí que se aprovechan, por ley, de los músicos. Si entran en ese culebrón, lo del fraude de la SGAE les parecerá otra merienda infantil.

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§ 7 respuestas a ¿Quién se aprovecha de los músicos?

  • Andres Noarde dice:

    El texto no por largo deja de ser agradable de leer, incisivo, jocoso y en general a tu altura… Te debo el libro que citas al final… Estoy actualmente demasiado ocupado para su lectura, pero igual al autor y a ti no os importa demasiado si me lo fotocopio y lo leo en otro momento, así te lo puedo devolver prontico (espero no generar otro dilema jurídico-moral) y me siento menos culpable/amenazado por tener un libro tuyo secuestrado…
    Abrazotes,
    A.N.

    • Victor Nubla dice:

      Bueno, hace tantos años que lo escribió ese señor que tu búsqueda del momento oportuno para leerlo no modificará lo que quería decir. Pero si me lo devuelves, mejor. Las cosas sólo nos sirven cuando nos hacen falta.

      Salud!

  • Zoila dice:

    ola Nubla! jajajajaa! me ha gustado, me he reído con tu ironía … yo soy abogada, especializada en derechos de autor, y este mundo en el que me estoy internando un poquito más cada día, el de la “industria cultural” (no sólo musical, aunque principalmente) me tiene extasiada por el elevado grado de precariedad de quienes participan en él, y la complejidad de las fórmulas para sacarle pasta a la creación.

    Desde luego, comparto contigo la opinión de que el papel que las entidades de gestión (que en el imaginario colectivo han sido unificadas en la SGAE, símbolo de todos los desmanes y abusos cometidos en nombre de la creación artística) es absolutamente cuestionable, y el escándalo en torno a los desvíos de millones y millones de euros es sólo la guinda de un triste pastel, el de unas instituciones que en lugar de servir a sus miembros, se realimentan (y se sobrealimentan!) a sí mismas.

    Creo que hay muchos cambios legislativos e institucionales por hacer; aunque opino que serán lentos y aunque puede que parezcan muy lejanos para el trabajo cotidiano de los músicos, estoy convencida de que tendrían mucho efecto sobre vuestra actividad en el día a día. Tengo un blog, http://www.tanquedezinc.blogspot.com, donde reflexiono sobre estos temas; quizás te interese echar un vistazo.

    Un saludo!
    Zoila

    • Victor Nubla dice:

      Hola Zoila, encantado de que hayas visitado mi bloc. Ya he dado un paseo por el tuyo. Hay mucho trabajo por hacer (y no sabemos quién lo hará) y muchas cosas que aún han de pasar (y no sabemos cómo pasarán). Creo que las tiendas en internet y las estructuras o futuras estructuras que se postulan como sucesores (y salvadores) de los artistas frente a las sociedades de protección de derechos, merecen ser analizadas… yo, al menos, no me acabo de fiar. Por lo que respecta a mi post, hubiera seguido pero ya era muy largo. Me faltó introducir la idea de qué piensan todas estas entidades, voces y posiciones varias sobre el hecho de que los músicos también se hacen viejos y a lo mejor a partir de cierta edad ya no pueden tocar… ¿de qué vivirán? ¿y a quién le importa? Obviamente, el propio público mantiene la idea romántica de que los artistas se mueren a los 27 años (no hace falta recordar la lista mítica). Lo que sucede, creo, es que esa es más o menos la edad en que los pseudomelómanos dejan de tomarse en serio la música. El público es en realidad una entidad tremendamente volátil que ejerce su “dictadura”, al parecer, sólo a través de sus proveedores. Una posición hermética (la de los proveedores) donde las haya. Porque la mayoría del público, a partir de los treinta, se contenta con descargarse todos los discos que escucharon de jóvenes, alegando, además, que ahora ya no se hace música como la de antes (la que ellos escuchaban). El comprador de discos se sublima en crítico generacional. El mercado y el consumo quizá sean abstracciones, conceptos de economía… Después, habría que mirarse bien qué pintan en todo esto los operadores de internet y por qué ellos son los únicos que cobran siempre.
      En eso, como en otras cosas, la música, como ya dijo Attali en su libro “Ruidos, ensayo sobre la economía política de la música”, va siempre un poco por delante de la sociedad…

      Saludos!

  • Rafa dice:

    ¡Qué ganas tenía de ver todo esto escrito, negro sobre blanco!, Nubla. Buen curro t’has pegao, con estos calores, muchacho. Esto merece un bien vermú (con berberechos), así que nos veamos. Saludos. RZ

  • Ignacio Lois dice:

    Habría que analizar qué pasa con los nuevos aprovechadores online (gente como iTunes o Spotify), y asignarles también un queso. Un cheddar, por ejemplo.

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