Crisis del espacio-tiempo

27 agosto, 2011 § 1 comentario

grafitis en los lavabos del bar Diamant (Gràcia, 2010)

Hace un par de meses publiqué unas reflexiones sobre el uso político, económico, emocional y social del tiempo en mi columna de l’Independent de Gràcia, que me ha parecido oportuno ampliar aquí, aprovechando que no tengo limitaciones de espacio.

A menudo tengo la sensación de que en nuestro mundo de relaciones humanas todo es urgente pero todo va con retraso. Que vivimos atrapados en un tiempo social imaginario, una especie de pasado prolongado o quizá un futuro retrasado. Ofrecemos tiempo que no tenemos (“no te preocupes, que de esta semana no pasa”), pedimos a los otros el tiempo que hemos perdido (“¡lo necesito para ayer!”)” y, en definitiva, especulamos con el tiempo como los bancos lo hacen con el dinero. ¿Cuántas veces hemos vendido a otros el tiempo que alguien nos debía y que sabíamos que no nos iba a reembolsar? ¿Cuántos paquetes sub-prime temporales hemos endosado por ahí cobrando dicho tiempo por adelantado, convenciendo al cliente de que esas horas iban a valer más en el futuro, a veces, un comprador tan espabilado como nosotros, que trataría de colocarlas ipso-facto, cuando la verdad es que habían dejado de valer un pimiento nada más traspasarlas? Al fin y al cabo, ese es el tema que usan los guionistas en la mayoría de sit-coms, porque saben que el espectador lo va a captar y le va a producir hilaridad, es la materia de nuestro absurdo cotidiano y un combustible básico para el humor: la inversión egoísta, inmadura y ambiciosa en productos que no dan rendimiento… estamos, queridos amigos, ante el mayor malbaratamiento global del tiempo y el espacio que jamás se haya producido, probablemente desde el Big-Bang, que lo fue a lo grande.

Tiempo y espacio son las verdaderas monedas contemporáneas, tan exclusivas como el oro. Tiempo y espacio es lo que más valor tiene en nuestra vida: nuestro tiempo vital, nuestro espacio vital. Pero tan sólo intercambiándose entre ellas no pierden su valor, aunque al parecer, fue de buen gusto convertirlas en dinero y viceversa, lo cual le permitió a muchos tener cosas, objetos y también espacio-tiempos espúrios, como el viajar, y a otros, poder. Pero la cosa ha cambiado. Es decir, la debilidad del dinero, su inhabilidad, lo alejan de valores tan estables. Y ahí es donde descubrimos que hemos malgastado el tiempo y el espacio, si es que lo hemos atesorado para cambiarlo por dinero. Porque el dinero, convertido en unidad de solvencia ya no vale lo que cuesta; el tiempo y el espacio vitales se sitúan ya tan por encima del valor de las monedas internacionales que todo aquel espacio-tiempo atesorado para especular con él son casas vacías, terrenos yermos y horas de tedio no reembolsables. Eso para las personas. Peor es para los estados y los bancos y las corporaciones, las agencias y los ejércitos, para los que el dinero sólo era un valor intercambiable por poder, estatus, control y amenaza, es decir, un valor abstracto que contenía la posibilidad única de intercambiarlo por sí mismo o bien convertirlo en conceptos. Lo que para las personas es espacio-tiempo, para el estado es historia y territorio: ideas.

Así se ha generado una inmensa y estúpida crisis del inmenso y estúpido sistema capitalista, puesto que los acumuladores de espacio-tiempo, pagaban con dinero a los que, teniendo tiempo y espacio, querían papel bancario para llenar su espacio-tiempo de objetos y actos que, como eran esencialmente inútiles, sólo tenían sentido puestos en función de un valor artificial: el dinero. Las víctimas de tal delirio son, más allá de sus propios generadores, los que nunca accedieron ni a un capital ni a otro, los mileuristas, parados y pobres del espacio-tiempo, para quienes el sistema estableció el precio: tiempo = trabajo, espacio = vivienda y les exigió la vida a cambio, no sin antes hacer todo lo posible para que invirtiesen esa única vida en alimentar la estructura, gastando el dinero sobrante del precio de su espacio-tiempo en cosas generalmente absurdas, presentadas como imprescindibles, y establecer, así, una demencial (y por otra parte, cruel indicadora del nivel de inteligencia) relación entre la producción y la riqueza. ¿Cómo se les pudo ocurrir tal cosa? ¿De quién fue la idea de mandarlo todo al garete desproveyendo de un valor sólido al objeto de intercambio del espacio-tiempo? Sin duda, no nos engañemos, de alguien que sabía que esto no podía continuar así y pensó que la mejor forma de acabar con ello era dejar a los ambiciosos y a los depredadores del estatus que se comieran a sí mismos sin poner un límite de tiempo. Nadie ha aportado, verdaderamente, ninguna solución esencial que desactive la perversidad. Así que nos encontramos -somos unos privilegiados- ante el principio del auto-desmantelamiento inercial del chanchullo capitalista. No dudo que muchos inescrupulosos confían en que la cosa se regulará con unas cuantas guerras bien grandes. Pero quizá detrás de todo esto no haya nadie. Esta sería, entonces, la primera ciber-crisis.

En fin, que hay otra crisis que cuelga de la crisis económica: la del espacio-tiempo. Lo primero que ha hecho el sistema es despreciar el precio del tiempo. Habrá que gastar mucho más para conseguir lo mismo. La pérdida de la posibilidad de intercambiar tiempo por dinero lleva a la devaluación absoluta del trabajo (lo cual puede venir a decir que quizá no hace falta trabajar para aportar riqueza o, lo que es lo mismo, que sobran miles de personas), ya que el trabajo es la única cosa que la mayoría de la gente tiene para ofrecer a los dueños del dinero: su tiempo personal a cambio de pagar su espacio vital (no hagan mucho caso de todas esas zarandajas sobre el valor del conocimiento, que a veces las dice gente ingeniosa con ganas de ayudar y otras son excusas de mal pagador y se contradicen de raíz con la idea de que esto reflotará volviendo a asfaltar todas las calles y restaurando los monumentos). Se educaron varias generaciones en el comercio y los servicios… ya ven. Tampoco hubiera tenido mucha gracia formar miles de personas en disciplinas altruístas como la investigación o la medicina, habría resultado mucho más caro y no hubiera servido para nada: ¿quién iba a pagarles ahora que lo que interesa básicamente es la revalorización de la producción?. Sobra gente y, seamos sinceros: sobra dinero.

El gran problema es que se adoptó un sistema según el cual el dinero es lo que nos permite intercambiar tiempo por espacio. Con sólo destinar dicha relación a las cosas superfluas y mantener tiempo y espacio como derechos inalienables e inintercambiables con nada que no fuesen los propios tiempo y espacio, nos hubiéramos evitado la que se nos viene encima que es, por otra parte, una ristra de flatulencias del demonio de los que creen en ello. Para el resto, un mal rollo más, fruto de la vocación más enferma: control y poder. Algo imparable, chicos. Siempre lo vimos como una bestia domesticada pero, abramos los ojos, son los supuestos domadores quienes necesitarían un plan inmediato de reinserción. Pero para eso, ¿qué puede sernos útil, si sólo tenemos televisores de plasma, automóviles último modelo, el Barça, armas letales y un hambre secular?

A lo mejor la inteligencia, porque de los listos no me he fiado nunca. Quizá los idealistas que hablan del valor del conocimiento se refieran a eso, pero lo dudo. Creo que se proyectan en un conocimiento sostenible en la red de consumo, no en un conocimiento general e independiente de las cosas.

Lo siento por los que lleváis poco tiempo aquí, pero tengo que avisaros que todos estamos sentados sobre una bomba de relojería con el temporizador estropeado.

En fin, quién sabe, quizás así recuperemos el tiempo social y la existencia cuatridimensional del presente.

En todo caso, me parecía que tenía que aportar mi visión de esas cosas tan lamentables. Como las veo, me digo a mí mismo: digámoslo. Y voy y las digo. Ya ves truz.


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§ Una respuesta a Crisis del espacio-tiempo

  • Emma dice:

    “Que el baix poble folli a salt de mata, d’acord, el seu temps costa diners, els nostres diners, el nostre ofici sublim és matar el temps. Això ens reclama totalment: n’hi ha massa de temps. Qui pogués fer aguantar en suspens tots els rellotges del món: l’eternitat com una erecció perpètua. El temps és el forat de la creació, hi cap tota la humanitat. Per al baix poble, l’Església ha omplert amb Déu aquest forat. Nosaltres sabem que és negre i sense fons. I quan el baix poble se n’adoni, ens llençarà a dintre.” Valmont a Quartet de Heiner Müller. :)

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