Medio millón de horas tampoco dan para tanto.

25 septiembre, 2011 § 2 comentarios

500000

Tengo una palmera en el patio cuyas raíces parecen manos que acarician las viejas hojas, aunque me recuerdan a otra cosa que he visto en alguna parte.

El 28 de julio de 2009 cumplí 53 años y estaba yo pasando unos días en Torroella de Montgrí, en casa de mi amigo y verdadero musicólogo Oriol Pérez. Al llegar el atardecer, me puse melancólico y cuando la noche se cerró intenté calcular cuántas horas había vivido, pero me hice un lío y llamé por teléfono a Nacho Lois para que me ayudara. Nacho, que no es una persona matemática pero sí un buen matematicista, obtuvo rápidamente el resultado aunque me dio una cifra copiosa y muy poco interesante, pero como además es esteticista compulsivo, me sugirió que aguardara un poco para dar con una cifra simbólica, supongo que creó algunas rutinas de cálculo en su ordenador y al poco me volvió a llamar advirtiéndome que el 12 de agosto de 2011, a las nueve menos diez de la noche, cumpliría medio millón de horas de vida. Me pareció una anécdota que bien merecía ser celebrada, además de sumirme en una melancolía aún mayor. Aunque, la verdad, por más que lo intenté, no le encontré ninguna otra utilidad a aquella información estando a 28 de julio de 2009.  Es lógico, se trataba de algo todavía lejano, pero no piensen que no valoré su importancia, al contrario, el valor de aquellos datos y la conciencia del riesgo de olvidarlo en cuanto llegase el otoño me llevaron a dejar pistas abundantes en mis mapas cotidianos (libretas, borradores en el ordenador) para recuperar esa información en el momento oportuno. Así pude borrarlo de la memoria inmediata y entregarme de nuevo a mi melancolía con la confianza de que siempre mis encargos al futuro llegan a producirse en mayor o menor medida. Pero las pistas, que debían haber sido postas en mi geografia futura, fueron pasto del tiempo y mi vida siguió siendo un pisto en el que los problemas de pasta me lanzaban al día a día como quien huye de la peste. Y comenzaron a pasar las horas, los días y los meses, a veces implacables y otras indolentes. Las cosas buenas y las malas se sucedían sin solución de continuidad aunque, de manera muy elegante, nunca se superpusieron. Y un buen día, dos años y quince días después, resultó ser 12 de agosto de 2011. Según mi agenda (que es de color rojo), ese día fui bien pronto a la oficina de GTS, escribí unas cuantas páginas del libro Anamnèsia, envié urgentemente textos relacionados con el proyecto Domus, todo el equipo estuvimos trabajando sobre el reajuste presupuestario derivado del recorte de la subvención del CoNCA que nos habían notificado extremadamente tarde (el 28 de julio de 2011) y llamé a mis padres para felicitarles su 56 aniversario de bodas. Comí tortilla con pan con tomate en La Ceba con Lucy Tcherno y Andreia Soares y luego fuimos a mi casa para ver unos episodios del Flying Circus de Monty Python. Al poco llegaron Víctor Hurtado, Jose Rosselló y Jaume Pantaleón. A las 19:30 lo hicieron Nacho Lois y Raquel Campos (que al día siguiente se iba a Londres a estudiar musicología). Cuando nos cansamos de reaprender Monty Python (a decir verdad, dos no lo conocían, así que pudimos hacer proselitismo montypythoniano, cosa que nos encanta a sus admiradores), algunos se fueron y los demás nos enfrascamos en una larguísima partida de dominó. Fue durante esa partida cuando se cumplieron mis 500000 horas de vida, de lo cual no me dí cuenta en absoluto. Ni yo, ni nadie de los presentes (a pesar de que en la reunión se encontraba el mismísimo Nacho Lois, que fue quien lo había profetizado dos años atrás).

Y tal conocimiento ha permanecido oculto hasta hoy, que es justamente cuando he encontrado una de aquellas pistas perdidas en el pisto de pasta por pasto… un inocuo borrador de e-mail con aquella cifra y su implacable fecha de aplicación. Pero ya es 25 de septiembre de 2011. Caramba, pensaba improvisar una celebración, alguna cosa testimonial, pero desde mi casa, en Gràcia, se empiezan a oir ya los hipohuracanados petardos gigantes del extravagante evento llamado piromusical, que los barceloneses consideran de buen gusto a mayor honra del uso de la pólvora y los conocimientos sobre hidráulica que aprendimos de chinos, griegos y romanos (un verdadero alarde de desconocimiento de la acústica, puesto que desde aquí se oyen todas las explosiones pero no la música; ¿quieren que oiga sólo las explosiones o no saben cómo hacer para que oiga la música -deberían arrasar sónicamente la ciudad, me temo- o no saben como hacer para que no oiga las explosiones?). Lo más probable es que desean que quede bien claro que allí tienen poderío y en los barrios se ha de notar. Bien, en cualquier caso, acepto ese holocausto vibracional como homenaje a mi descubrimiento de que me pasé de largo 45 días de la celebración de mis quinientas mil horas de vida. Espero no tenérmelo en cuenta. Y encantado de compartirlo con ustedes. El resto, antes, ya era historia.

ps. Hace unas horas Nacho me ha revelado que las quinientas mil horas son nada menos que 1800 x 10 elevado a la 12 milisegundos y que se había equivocado en los cálculos, en realidad cumpliré las 500000 horas el 11 de agosto de 2013. Mejor, así podremos volver a hablar de ello.

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