Cosmopolitismo del bueno.

4 octubre, 2011 § 1 comentario

socialización básica inter-especies.

Hay unos cuantos mamíferos superiores que manifiestan ante los humanos rasgos que indican claramente la experiencia emocional y quizá por ello se han convertido en compañeros de viaje de nuestra especie. Algunos pájaros, también, y yo diría que ciertos peces, aunque éstos no hagan el viaje con nosotros. No quiero decir que otros animales no tengan una intensa vida emocional, pero son pocos los que la comparten con nuestra especie y/o con otras.

De entre ellos, algunos, no todos, tienen sentido del humor. Eso puede ser estupendo ya que, aunque ser un bromista te incapacita para la supervivencia porque la naturaleza es implacable y poco dada a los entremeses, en el mundo humano, tan poco trágico en el fondo, siempre encontrarás un espacio. Así lo hemos compartido, a veces a regañadientes, con el interesante resultado de un sorprendente cosmopolitismo inter-especies. Primates, perros, caballos, elefantes, delfines, loros, son animales capaces de disfrutar con las situaciones y proclives a provocarlas interactuando con humanos. Quizá en el horizonte emocional de una ballena el humor sea una cosa tan profunda que nunca lo entenderíamos, como si un continente explicara un chiste, pero los más pequeños se entienden bien con nosotros, que no somos más que seres contemplativos cuyo estado natural es de vacaciones (se atribuye este concepto a Noel Clarasó). El tema da de sí… tenemos las adopciones: niños-lobo y lobos-niño, el servicio inter-social: pájaros que dan de comer a los peces, delfines que protegen a los humanos de los tiburones, las amistades peligrosas: celos inter-especies… caramba.

Y ahí tenemos al perro, nuestro animal simbiótico: el viejo can, un entrañable bromista de quien quería yo hablar. El extraño amigo que se solidariza desde hace un millón de años con monos sin pelo (el concepto es de Konrad Lorenz). Un largo capricho (del perro, evidentemente) que me pareció enigmático y ahora encuentro admirable. Es nuestro guía hasta más allá de la muerte (para los griegos fue el vigilante que separaba el mundo de los vivos del de los muertos, para los egipcios un gentil guía entre ambos, un enrollado taxista) y un buen compañero de juerga. Sigo fascinado con el gran Kanellos y su espíritu combativo. ¿Qué debe pensar ahora mismo de Grecia el activista cuadrúpedo, el ciudadano no humano? ¿Tiene una verdadera idea de Grecia o, lo que es más probable, tiene una idea muy clara del territorio que algunos, de forma temporal, llaman Grecia?

“El mundo subsiste por la inteligencia del perro”, dice el Zend-Avesta y sin el entusiasmo de Laika quizá no hubiéramos llegado a descubrir décadas más tarde el agua de Marte. Pero me interesa señalar en este artículo un solo punto interesante (entre muchos) del cánido contemporáneo: su sentido del humor.

Stephen Budiansky escribió en “La verdad sobre los perros” algunas notas sobre “la catadura moral del Canis familiaris”: “Uno de mis perros conoce probablemente treinta órdenes, como ‘échate’, ‘ven aquí’, ‘vuelve’, ‘levanta’, ‘sentado’, ‘quieto’, ‘entra en casa’, ‘ves arriba’, ‘sal de aquí’, ‘perdón’. Esta última la utilizo para que se aparte de una puerta y me deje pasar. Sin embargo, si le digo ‘perdón’ en cualquier otro lugar que no sea una puerta, todo lo que consigo es que me mire con perplejidad”.

Entonces, si el perro da tal ejemplo de literalidad, ¿cómo puede ser, al mismo tiempo, analogista rijoso y metaforizador callejero?.

Bien, lo que hacía mi perra Hortensia ante ese tipo de situaciones era extremadamente interesante:

Devolvía la jugada fingiendo no estar en una puerta cuando lo estaba, expectante ante mi inminente expresión de perplejidad que no llegaba nunca, puesto que me producía un mosqueo básico de dueño de perro, que se expresa diferente. Pero los perros saben tanto de nosotros como nosotros de ellos, con la ventaja de que ellos están seguros.

Llegados Hortensia y yo, una y otra vez, a este punto, ella asumia que cuando yo me mosqueaba era simplemente una reacción ante la broma que me acababa de gastar y no dejaba de incumplir mis órdenes, tratando de divertirme todo lo posible, hasta sumirme en la desesperación. Cuanto más exasperado me mostraba, más bromas me gastaba. Era imbatible.

Bien dice Budiansky: “Si a nosotros nos extraña que los perros se saluden olisqueándose los cuartos traseros, probablemente a los perros debe de extrañarles que los humanos nos estrechemos la mano”.

De estas cosas deduzco que el perro obtiene del estrés la energía básica de la socialización. Y es posible que nosotros también.

A vueltas con todo esto, no os perdáis este video de Jordi Girbén durante la residencia de Jose Rosselló en Eclíptica, en el observatorio astronómico de Castelltallat. Una clase magistral de batería que un perro sigue con el convencimiento de que ocupa el tiempo para él de una forma exacta (no olvidemos que los perros son necesariamente supersticiosos, cosa que confundimos de normal con literalidad). En cuanto al ciervo que veréis en el video, estoy convencido de que se trata del mismo que aparece citado en buena parte de los créditos de los caballeros cuadrados entablillados de Monty Python.

Notas:

para saber de Kanellos:

para encontrar el libro de Stephen Budiansky, esta información te puede servir: La verdad sobre los perros (título  original: The Truth about Dogs), Planeta Divulgación, 2002. Traducción de Víctor Pozanco. Prueba en iberlibro.com

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§ Una respuesta a Cosmopolitismo del bueno.

  • en Girbén dice:

    La veritat és que el paper dels gossos a les residències eclíptiques resulta decisiu. Ells són al seu territori i celebren amb entusiasme la ració extra de carícies i passejos que uns intrusos els proporcionem. L’estudiós de la bateria és el Xic, un gos entestat en fer-se esclafar per un dels pocs cotxes que passen per la carretera, i sempre sense èxit; alguna trencadissa de pota a molt estirar. La meva teoria és que té un veritable interès per la mecànica.

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