Por una homeostasis del sistema

1 febrero, 2012 § 1 comentario

Bóveda de ladrillo en espiral de la capilla secreta de la catedral de Murcia, 11/11/11.

“Las cosas siempre acaban pasando como tú quieres, pero nunca cuando tú quieres.”

Aquí hay que dejar un espacio para reflexionar sobre la frase anterior.

Ahora dejaremos el espacio correspondiente para reflexionar sobre la frase siguiente:

“La cualidad vibratoria de las relaciones humanas es una frase.”

Una vez iniciamos un verdadero párrafo, decir o no decir o incluso dejar de decir o no haber pensado jamás en decir una cosa, no tiene la menor importancia. Os lo puedo asegurar.

Primero: por el mismo hecho de que esto no es un blog, sino una croqueta de bacalao.

Segundo: por el mismo hecho.

Tercero: por él mismo.

Hoy (28/1/12), después de una comida basada en el mundo de las conservas: confites, fermentos, maceraciones, enlatados y ahumados, he oído decir, por fin, que el individualismo es un estado previo a la individuación. Mi corazón saltaba, desbocado, y las criaturas que habitan en mis pestañas emitían chillidos de satisfacción. El humo de las pipas se ha levantado sobre la mesa y mientras las fichas de riguroso blanco y negro desafiaban horizontalmente a los verticales efectos de la combustión de las labores turcas y danesas en eso que tanto dinero cuesta aprender (crear ambientes), se ha creado precisamente un ambiente. Esa es la clase de cosas hacia las que uno no puede sentirse ajeno. Un ambiente compacto, conspirativo y un conato, afortunadamente  acotado por el tiempo, de felicidad. La felicidad es el único remedio homeopático que funciona: la infradosis reverbera y altera ese mundo vibracional que a todos nos suena. A veces me cuesta entender a la gente que ve el mundo como una serie de cosas inconexas. Hay tantas conexiones, tan íntimas como evidentes entre todas las cosas, sean del tamaño y la consistencia que sean, que asistir a esa perpleja enumeración permanente de fenómenos aislados me produce vértigo y una profunda melancolía. De algún modo, me apena. “Una oportunidad perdida más”, me digo. “Quizá por eso nadie reacciona. Quizá no se dan cuenta”, añado. Pero concluyo que no somos tan diferentes. Que probablemente quien más quien menos se percata de la situación, aunque no encuentre la relación entre la situación y esa otra cosa que considera “su” situación.

No puedo menos que concluir proponiendo que busquemos situaciones en las que la relación se produzca en acciones básicas que devuelvan la confianza y contribuyan a introducir poco a poco en la sociedad el sentido de lo próximo y local como expresión de lo universal. Seguro que cultivando la individuación llegamos antes a una conciencia colectiva, digamos, estándar, que por el sistema de agregación.

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