El crepúsculo de los emancipados

8 marzo, 2012 § 1 comentario

La educación sentimental de la clase media (the hrönir factory 2003)

¿No era acaso “clase media” un concepto peyorativo para unos, conscientes de la rendición de entrar en el engranaje del sistema y un orgullo para otros, que de tener que ir a cagar a la era y leer con velas llegaron a tener electricidad y agua corriente? ¿Media entre qué? ¿No ha sido la vida de la clase media un pantano con rendijas de conocimiento y una obligación premiada?

¿Y acaso no proceden de la clase media los que están acabando con ella? Quièn conoce mejor la vida cotidiana de la clase media, su levantarse, su hacer café, su ir a trabajar, su vivir en un piso y su ahorrar por si acaso, que la propia clase media, que desde que se sabe de su existencia está ahorrando, trabajando y viviendo como pueden. ¿Qué rico puede apreciar el aroma del café de madrugada si no se siente un poco, al menos, clase media? Esa clase media que equivaldría a la burguesía de otros tiempos, aunque más orientada al sector servicios, no se parecen a nada y probablemente dentro de poco no serán nada. Era esencialmente simbiótica, proactiva, creían en el progreso. También en el trabajo y su capacidad de conversión en riqueza. Pero eran muy susceptibles, en cuanto vieron que la riqueza no cambiaba de manos y ellos solo acumulaban títulos de propiedad, se sintieron burgueses y empezó a correr por ahí la peste de que los había estado estafando un montón de gente que aparentemente eran también clase media. Entonces se lió la gorda. Fue así como hubo gente de la clase media a quienes les parecía mal que hubiera tanta gente siendo clase media y tan pocos pobres y creyeron de buen gusto que los pobres fueran bien pobres y a ser posible estuvieran señalizados. Eso quizá sí se le pueda achacar a la clase media, pero como en el fondo la clase media ha sido siempre carne de cañón más o menos desinfectada, tampoco nos vamos a ensañar. Hubo nacidos clase media que siempre quisieron ser ricos, o postburgueses, otros quisieron ser pobres o vagabundos. Gran libertad. Por otra parte, si eres clase media has de estar forzosamente enmedio de dos cosas y el mensaje después de la segunda guerra mundial no ha variado: entre pobres y ricos están toda esa gente tan simpática que suman millones pero no dan beneficio a menos que les cobremos las operaciones a vida o muerte o los volvamos a todos adictos a algo o, por qué no, montemos una guerra. Estos majaderos viven una utopía. Hemos de detenerlo, nos vamos a arruinar y ya sabemos que en el más allá necesitaremos un montón de pagarés y avales si queremos tener una buena mesa en el cabaret celeste.

– Joder, nunca se me hubiera ocurrido.

No era suficiente que la clase media alimentara al funcionariado y a la clientela fiel y generosa, la fiel y generosa clase media, era preciso agarrarla por los cojones por si decidía huir a Marte, cosa que algunos hubieran hecho si hubiera sido factible. Después, ante la imposibilidad de convertirla en un trofeo por falta de glamour, una humillación a tiempo es una victoria. Ahí tenemos a la clase media.

Son pura clase media. Y por supuesto son los que lo conseguirán. Es mucho más fácil acabar con algo que sólo tiene 50 años (que uno ya ha vivido de forma intensa) que cargarse aquello de lo que sólo tenemos noticias de oídas, o por terceros. La clase media no podrá acabar con el imperio romano, pero es un hacha en cuanto a sí misma. En cambio,  no habrá burgués, por acosado que se sienta, que esté de acuerdo con acabar con la clase media. Aristócratas, ni uno. Les conviene. El tercer mundo sólo puede apiadarse de la sufrida clase media, por lo que no le va a desear ningún mal, ya que de su mala conciencia depende su generosidad. La clase política también precisa de la clase media para sentirse representativa y legitmada. Los apandadores profesionales tampoco quisieran no tener a quién dar porrazos en las manis, por lo que la clase media les resulta necesaria. Las agencias de publicidad necesitan a la clase media para poder vender aquello que no vale nada pero cuesta un huevo. Y el substrato natural de mercados y tabernas no existiría sin la clase media. La clase media asegura el ecosistema y garantiza la caza y la regeneración de los territorios de caza. Nadie en la cadena tròfica acabaría con la fértil, regordeta y dócil clase media. Por lo tanto, su fin se va a producir a manos de la propia clase media. Ciega de poder y amnèsica de su misión, lemmingmanía de tipos con corbata (eso sí, muy campechanos, ya ves, para lo que les queda).

Si alguien se está cargando a la clase media solo puede ser, digan lo que digan, la propia clase media. A nadie más le interesaría. Nadie más la podría fastidiar con tanta saña. Solo los reconstituídos libertos del tejido usted-tuvo-una-ambición-mediocre-pero-tener-cosas-le-pone-más podrian llegar hasta ahí.

Los vencedores de esta lucha fratricida ostentarán el título de una nueva clase social francamente desoladora: Me quedé solo. Eso quere decir, a corto o medio plazo, que los ricos solo podrán desangrar a los últimos listillos que renegaron de la clase media y haciendo ver que no tenían muy claro lo que es un obrero, alimentaron con su sangre cualquier estúpida colección de corbatas.

No deja de ser raro hablar en general de algo tan concreto como esto.

No estoy a favor ni de lo natural ni de lo artificial. Nada más tengo la sensación de que alguien se estuviera inventando el futuro sin que hiciera la menor falta. Como levantarse en mitad de una partida, pensando que así perderías menos. Igual ganarías más. Pero mientras sigamos creyendo que aplaudir con una sola mano produce la mitad de ruido, no nos podemos quejar de nada.

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§ Una respuesta a El crepúsculo de los emancipados

  • Adrià Bofarull dice:

    Buf! quina foto. Deu anys enrere i em sembla gairebé una altre vida!

    Jo, a vegades, tampoc crec que ens podem queixar massa…la clase mitja es devora a sí mateixa; perqué renega de sí mateixa penso jo. I estar educats sentimentalment, sera bàsic per reinventar-se i sobreviure en aquesta nova clase encara sense nom.

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