De la premonición y su desconocimiento

29 mayo, 2012 § Deja un comentario

Veleta en Córdoba (Argentina), noviembre 2005

En condiciones de visibilidad normales, el sentido de la vista se ocupa de nuestra comprensión de las tres dimensiones básicas. Aquellas que nos resultan imprescindibles para vivir plenamente el  espacio, quizá por ello, el sentido de la vista se sitúa culturalmente en el punto más alto de la pirámide sensorial, aquel que se considera básico en la educación y en la mayoría de actividades humanas; es especialmente el que simboliza nuestro “control” del mundo físico.

El oído, en todo caso, participa en la percepción de lo ancho, lo largo y lo alto cuando el sentido de la vista no puede trabajar en la configuración tridimensional, cuando no vemos. El tacto puede colaborar también. Pero las verdaderas funciones del oído y del tacto quizá sean otras realmente misteriosas.

Vamos por el oído: una parte importante de nuestro córtex cerebral está consagrada a la percepción de alturas, timbres y ritmos (lo que entendemos por música). ¿Una región cerebral dedicada exclusivamente al placer melómano? ¿Solo para la música?. 
¿Y si se tratase de otro órgano de control dimensional? ¿Y si el objetivo del oído fuese el control de la cuarta dimensión: el tiempo?

Hemos hablado tantas veces de cómo las músicas, por previsibles o imprevisibles, sorprenden, inquietan, aburren o tranquilizan… Reflexionando sobre la forma aparentemente espontánea en que escuchamos la música, no puedo dejar de constatar ciertos fenómenos particularmente chocantes. Por ejemplo, cuando escuchamos por primera vez una música, podemos predecir muchas veces qué va a ser lo siguiente que aparecerá. Sin duda, en las músicas populares, ese trayecto está anunciado de una forma nada oculta. Su previsibilidad es su razón de ser. Mas cuando la música incrementa su complicación, su imprevisibilidad, ocultando el ritmo, liberando la armonía y las dinámicas, ya no augura nada y sólo nos permite comprenderla en presente.

Que culturalmente unas músicas u otras reciban la aprobación o no del público no es tema que se vaya a tratar en este artículo, sino más bien trabajo de sociólogos y antropólogos. Lo que nos interesa aquí es sugerir que  la música es un medio para averiguar el futuro. “Su” futuro, por supuesto. La música crea mapas del tiempo que podemos “interpretar” y, por lo tanto, abarcar, independientemente del punto en que nos encontremos. Es como si viajásemos por primera vez por una carretera y pudiésemos ver lo que se encuentra muchos kilómetros más allá, aunque lo oculten montañas, desniveles o distancias inabarcables. Sólo que en el caso de la música, el campo no es espacial, sino temporal.

Escuchando música ejercitamos automáticamente nuestro órgano de premonición. Una rumba gitana nos garantizará certezas desde los primeros compases, el rock y el pop, a menudo, también; una pieza de John Cage, quien quería oír siempre todo por primera vez, jugará con nuestra capacidad premonitoria; Satie o Brian Eno nos proponen músicas que no importa donde las encuentres y donde las dejes: luchan contra el tiempo, nos presentan el sonido como decoración o paisaje; la música concreta busca, como la improvisación no idiomática, la ruptura de la secuencialidad, arrojándonos a un tiempo imprevisible que se nos presenta como detenido; hay músicas repetitivas que nos proponen un tiempo en espiral; los power electronics plantean una expectativa sin tempo inmersa en una textura de perspectiva exacerbada… Son ejemplos. En la escucha de cualquiera de estas músicas nuestro cerebro anda a la caza del “¿qué pasará después?” diciéndose “¡que no me olvide de lo anterior!”. Todas ellas nos proponen un juego y nos proporcionan un entrenamiento. Depende de qué música se trate, el cerebro se satisfará más o menos en sus expectativas. En la esperanza. Pero, en cualquier caso, se enfrenta a la adivinación del futuro con mayor éxito que mediante los otros sentidos. En algunos casos, el éxito resulta espectacular.

Las músicas populares, relacionadas estrechamente con la danza y la gestualidad y la práctica colectiva son especialmente escrupulosas en lo que respecta a la regularidad y progresión de su propio mapa temporal. Sin ese requisito, sería imposible la sincronización entre el grupo humano, imprescindible para su cohesión social y el concepto de comunidad, sin embargo las músicas llamadas contemporáneas y experimentales parecen dirigirse más a la experiencia individual… aunque, como he dicho antes, éste no era el tema del artículo.

Quizá el cerebro, además de estar lleno de software sea un hardware tremendamente poderoso, a condición de que lo usemos literalmente. Resulta difícil sustraerse al concepto cultural de la música en nuestra civilización, pero es tremendamente atractiva la idea de que, más allá de la industria, las tendencias, los estilos, los músicos y todos los concéntricos submundos profesionales asociados, su matriz siga existiendo en nuestro cerebro debido a su configuración, es decir, por pura necesidad, y no sea más que un poderoso instrumento de control de la dimensión tiempo, con lo que ello tiene de limitado y a la vez de fascinante.

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