Un cuento chino

13 septiembre, 2012 § Deja un comentario

Aquí no estuve solo, por que tengo vértigo (abril 2012)

En el año XXXIII de la dinastía Hun, los sabios previeron un eclipse de Luna y un declive de la economía tan terrible que algunos dejaron el oficio de sabios y se dedicaron a montar espectáculos de guiñol por las aldeas. El ejército irregular rebelde Huan-U que desde hacía décadas atormentaba al régimen entendió que, después de los grandes golpes recibidos en las laderas de Xu-en y sobre todo, a partir de la batalla de la colina Hen-dao, no había medio de seguir comprando armas a los países enemigos y mucho menos mantener sus arcas con la venta de éstas, puesto que sus informadores afirmaban que la dinastía Hun había decidido vender el territorio al lejano país de Kam y sus contactos cada vez eran más dudosos a la vez que su fe en su trabajo se desvanecía bajo los impulsos del progreso. Los guerrilleros, o probablemente sus hijos o familiares cercanos, los únicos que mantenían la llama del temor a la violencia de Huan-U, llevaban ya varios años en secreta concordia con la dinastia Hun, a partir de la idea común de que el temor del pueblo era beneficioso para ambos y sus respectivas posibilidades de ser reales eran absolutamente similares. Cuando entendieron, a través de la interpretación de los mensajes de sus infiltrados, que el gobierno dinástico iba a entregar el territorio a unos vulgares acreedores, ellos, causantes del mejor miedo jamás producido, aunque siendo parte del territorio, es decir, sujetos a una hipoteca mucho menos placentera que su violento secreto, deliberaron, se vieron unos a otros, ya adultos, desprovistos del sistema de descarga que todo humano a cierta edad puede gestionar y en otra no, y protestaron, primero ante sus dioses personales, luego ante el espejo, y exigieron al Emperador:

– Todo el dinero que puedas antes de la hecatombe.

– Inmunidad, después.

– Silencio.

– Simpatía y un respeto al andar por la calle.

La posdata decía:

– Si necesitas ayuda, llámanos.

La dinastía Hun andaba en temas sucesorios y el heredero tardó en serlo y más en atisbar lo que se cocía en su territorio y, una vez conocido el percal, hubo de superar su timidez congénita para llegar a dar buena cuenta de sus inquietudes a los viejos enemigos de sus padres (entre sus concubinas y el personal fiel a la familia nunca encontró verdaderos interlocutores), de los problemas que presentaban los acreedores y su dificultad para satisfacer sus deseos: aquel placentero chantaje jamás imaginado. Porque la dinastía Hun se había endeudado de una forma similar a los imperios cercanos, pero no había encontrado avaladores. Siempre habían andado con esa idea de “nos conocemos de hace años, no te preocupes, no nos dejará colgados”. Cuando se enteró del precio, estuvo dos días con dificultades para conseguir una erección pero finalmente decidió intercambiar su territorio y sus habitantes por artículos de lujo y la posibilidad de viajar y ser olvidado en un futuro razonablemente cercano… Al llegar al asunto, tras despachar un montón de cosas igualmente estúpidas pero que siempre le habían motivado para superar aquel infantil complejo de esponja, no le parecieron descabelladas las exigencias de Huan-U. Habían martirizado bastante a sus súbditos, civiles y también políticos, pero perseguían lo mismo: el poder. Ello resultaba tranquilizador, puesto que podía tratar con ellos en un negocio que, aunque se tradujese en movimiento de vil metal, acuñaba la secreta verdad de la moneda hablada, el negocio del poder. Y además, incógnito. Éso le tranquilizó. La consigna que transmitió a unos interlocutores que jamás quiso reconocer fue:

– Nos habéis jodido bien, pero si esperábais riquezas por dejar el miedo, más vale que os apresuréis, porque este humilde monarca no podrá garantizar tal indemnización a vuestra constructiva labor. Habrá miedos tan esenciales que las armas los embalsamarán. Por otra parte, aquellos depósitos de riqueza que la dinastía ha acumulado han sido expoliados por mis propios amigos y parientes y jamás podrán devolverlo. Me resultaría más caro matarlos que aguantar sus melífluas expresiones de contricción y sus alardes tecnológicos de débil mental. Grande es su deuda, pero he pensado que nunca se notará un pequeño aumento de ésta en vuestro beneficio, que os garantizará un buen retiro. No tendré dificultades para camuflarlo en la deuda general que no pienso pagar, sino cargar sobre las espaldas de mis súbditos (no podrán pagarla, pero yo tampoco, he perdido más). A tal efecto, nos encontraremos dentro de un mes en el Templo de las Aguas Siempre Tibias para escenificar un arrepentimiento cuyo protocolo espero no descuidéis en los signos de vuestra indumentaria.

Se encontraron en el Templo de las Aguas Siempre Tibias, que en realidad era una casa de lenocinio camuflada como hotel de lujo, donde la gente efectuaba transacciones de conceptos sórdidos con el fin de sentir excitación sexual con aquello que no excita, para aburrirse. El Emperador había podido invitar, gracias a su agenda de contactos, a diversos magos repudiados de sus respectivos países, gente que alguna vez hizo algo que se publicó en los correos y se convirtió en cantos tristes que recorrían las noches de las tribus de las estepas, con el fin de que expusieran su prestigio interestepario ante los trovadores y colaborasen, a cambio de un precio espectacular, en la resolución del acuerdo. Así se hizo, y tal exposición tuvo lugar. Ninguna publicación de la época, ningún cantor ni bardo ni pájaro que pasase por allí repitió la conversación. Ello era normal: una reunión de contables sólo arroja números. Y las series de números, igual son dinero que mensajes secretos. Ahí, los súbditos estaban de acuerdo: nadie sabía nada. En lo que no coincidían era en si les importaba o no. Ciertamente, el Emperador había enviado mensajeros a todos los confines del territorio para anunciar algo que podía ser bueno para todos a condición de que todos estuvieran de acuerdo. No hubo respuestas significativas. El bardo Xo-ho fue quemado vivo en la aldea de Xienan, dos mensajeros de palacio fueron asesinados antes de franquear las puertas de la ciudad. El resto no volvieron. El Emperador consideró todo ello un cúmulo de buenas noticias, que sus astrólogos ya habían predicho. Tuvo diversas erecciones y ofreció la tercera de ellas a su más entrañable amigo.

Pasaron los días. También las noches. Así mismo transcurrieron los periodos intermedios más difíciles de definir. La humedad y le sequía competían como siempre. El búho gritó (calificar como canto esa especie de grito llevó a Ye-chen a la horca). El consejo reunido en el Templo de las Aguas Siempre Tibias llegó a una simple conclusión:

– Vale. ¿Dónde hay que dejarlo?

– Su alteza no debe preocuparse. Seremos tan buenos guardianes de sus tesoros como de aquellos lugares que su clarividencia y prudencia eligieron como receptáculos de ellos.

Y así fue como, aprovechando un periodo vacacional que el imperio había dictado a la población mediante mensajeros, se produjo el acuerdo y el Emperador no tardó en poder colocar la deuda comprometida con Huan-U en el paquete de deuda que el invasor del lejano país de Kam había exigido para no invadir el imperio. El heredero pudo respirar hondo, por fin. No solo los valles y senderos del reino quedaban libres de los ataques de Huan-U. También los acreedores-invasores de Kam celebraban el hecho y aceptaban la derrama.

Hubiera sido tiempo de celebraciones, pero tras aquél último episodio el pueblo de Hun se vio envuelto en una invasión cultural que ni siquiera respetó su pasado de miedos y rencores. De ellos no se recuerda nada más. De sus invasores, tampoco. Ambos dejaron de transmitir.

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