Un ejercicio necesario

17 octubre, 2012 § Deja un comentario

Hoy no hay reparto (1-7-2012)

Esta es una historia cuyo hiperrelato se puede seguir en los enlaces.

A menudo voy al bar 68, está muy cerca de mi casa y el sentido del humor de la gente que lo maneja es también próximo al mío. Las mesas y las sillas son cómodas, quiero decir que te puedes sentir y sentar cómodo y no que la gente se siente a comer y beber en cómodas, esos antiguos muebles más bien incómodos que se siguen fabricando. Me he perdido. Ah, sí. Quería explicar el encuentro fortuito entre dos palabras idénticas en una pantalla de ordenador. O quizá no fuera eso. En todo caso, el 68 está a cincuenta metros de un centro de entrenamiento para astronautas que ocupa una pequeña y modesta planta baja. Allí se pueden comprar raciones liofilizadas, trajes espaciales e incluso admirar las reproducciones de las modernas astronaves chinas, con todos sus detalles. Al otro lado, justo enfrente de la otra puerta del 68, una tienda de anticuario llena de cosas lentas, usadas y misteriosas, muestra en su rótulo una letra A orbitada por una espiral que de lejos recuerda el satélite o quizá el átomo que rodea la A de la NASA. La vigila el Señor Pip, viejo marino reencarnado en un gran perro, que gracias a Charles Dickens es portador de un largo hocico inteligente y varias ideas concretas. Blanco. Y negro. Su desafío a la policromía infunde respeto. Uno sube por la calle y ve al Señor Pip a lo lejos, en la puerta de la tienda, sentado en la acera, observando la vida en colores que transcurre a su propio ritmo. Uno se pregunta en cuál de las dos velocidades vive el Señor Pip. Y el señor Pip se destaca en blanco y negro sobre la escena. Al contrario que en la moda publicitaria actual, donde a menudo sobresale un personaje en color de algún fondo en blanco y negro, el Señor Pip se muestra absolutamente real en esa inversión.

Un domingo al mediodía, alguien encontró un camioncito de plástico en la esquina y lo quemó sobre un poste metálico bastante torcido, que formaba parte del mobiliario urbano. Al aplicarle fuego, del camioncito, que llevaba grabado en sus laterales “Royal Mail”, empezó a salir un humo negro e irrespirable, que me recordó una vez que iba en un vagón de tren y se quemó. El plástico no arde, me dije. Pero de pronto alguien trajo alcohol y el camioncito llameó y comenzó a derretirse mórbidamente. Me acerqué para hacerle una foto. Podía ver a su ocupante, burbujeando mientras se deshacía sobre el volante. Mientras enfoqué la cámara comenzó a sonar una musiquilla. Provenía del camioncito. durante más o menos un minuto, aquella cancioncilla alegre e inidentificable emergió de entre las llamas, después se calló. Y el juguete musical, una vez derretido, cayó al suelo como lluvia de fuego y se integró en el pavimento manchado de esta calle del barrio bajo, dejando un olor silencioso, de plástico quemado, que costaba relacionar con el domingo y sus aromas de pollo a l’ast.

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