Memorias desordenadas de un músico experimental (versión desintegrada)

8 noviembre, 2012 § Deja un comentario

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Este texto iba a formar parte, hace dos años, de un libro colectivo que la editorial Alpha Decay finalmente decidió no editar. Como hace unos días el editor me devolvió la libertad de usarlo, he pensado que podría tener cabida en este bloc y que, además, también podría llegar a tener continuidad, ya que no recoge más que las impresiones de unos pocos años y en aquel momento lo dejé abierto. De todas formas, como son memorias desintegradas, no necesariamente habría de tener una continuidad cronológica, aunque quizá sí. La verdad es que no lo sé. No sé cómo se saben esas cosas.

MEMORIAS DESORDENADAS  DE UN MÚSICO EXPERIMENTAL

 (VERSIÓN DESINTEGRADA)

Se acostumbra a creer que la música experimental barcelonesa es una construcción mental descubierta el año 1976 en el barrio de Gràcia, en Barcelona, en una pequeña taberna donde Cirlot y Cravan bebían y jugaban al ajedrez muchos años antes. Sin embargo, hay quien sostiene que esta construcción es en realidad la poesía experimental barcelonesa e incluso quien afirma que se trata del underground barcelonés posterior a la Transición. Otros afirman que ese lugar no está en Gràcia sino en Vallcarca.

En todo caso, la construcción había sido ya descubierta cuando Pascal Comelade llegó a Barcelona y pronunció la famosa frase “Eih bennek eih blavek” (que se avergüence quien piense mal, en sildavo).

Ésta es la época en que se consideró de buen gusto no rotular el nombre del grupo en el parche del bombo de la batería, lo cual desencadenó muchas más consecuencias que la mejora del buen gusto. Incluso dio la posibilidad de la existencia de grupos sin batería y es en éste el momento cuando se abren paso los sintetizadores en el mundo de la música experimental barcelonesa, habiéndose comprobado satisfactoriamente que las pegatinas que ponen los sintetistas en sus instrumentos, apenas  se ven desde el público. No se puede obviar, sin embargo, la proliferación de formaciones que, si bien tenían un baterista, el resto de los músicos tocaban instrumentos de viento, sintetizadores o cosas más extrañas, como la armónica, la melódica e incluso ningún instrumento.

Para contradecir un poco a los que sostienen que las artes experimentales no son sociales y no conectan a los artistas con el pueblo (cosa que, por otra parte, no ha pasado nunca con ninguna otra de las artes), escuchar y hacer cosas raras nos unió mucho a un montón de gente y también a un montón de público. Doscientas personas, quizá incluso más, estaban implicadas. Cuando eso pasa, da sentido, es decir, genera futuro. En aquellos momentos, grupos como La Propiedad es un Robo o Boicot, no sólo con sus nombres (nunca rotulados sobre el frontal del bombo de la batería) eran bastantes explícitos en relación a la sociedad y la cultura de las cuales formaban parte, sino que eran totalmente sinceros en cuanto a su actitud ante las convenciones musicales, que trincharon sin piedad, a mayor gloria del destino de la experimentación barcelonesa y de su futuro en el concierto mundial, truncado posteriormente por una serie desafortunada de acontecimientos.

A los Macromassa, que justo empezábamos en aquella época, estos grupos, así como los Perucho’s y Jaume Quadreny, nos estimulaban mucho. Crearon el Free Difusion en el año 1977, y las reuniones en un bar de Gran de Gràcia eran muy interesantes. Sus publicaciones también. Pero todos aquellos grupos usaban instrumentos esencialmente acústicos o eléctricos y, como los Macromassa queríamos hacer ruido electrónico, nos acabamos encontrando con los sintetistas, gracias, todo hay que decirlo, a Rafael Duyos, también conocido como Señor Duy, que había hecho una buena interpretación de las copias de unos planos de la factoría Moog y con madera tablex, airon-fix y potenciómetros de Ràdio Watt, fabricaba unas carcasas donde metía la fascinante circuitería de un sintetizador en módulos personalizados, aparatos hechos a medida y con carácter: la humedad les afectaba. Era el final de los años setenta, tiempo de ladillas, sarna y el idealizado idealismo de la Transición. Contra las ladillas era posible hacer alianzas para emprender una guerra: en la mejor tradición homínida, se trataba de espulgar al otro a cambio del mismo favor. Ahora bien, con la sarna, tenías un apartamento lleno de gente en pie de guerra, el enemigo dentro, ninguna salida; estuvieras dormido o despierto, el enemigo era incansable, se instalaba bajo tu propia piel … a scanner darkly … nadie se fiaba. ¿Quién había traído al enemigo invisible? ¿Por qué cuando se marchó aquel amigo, refugiado durante unos meses en el piso, encontramos tarros vacíos de Yacutín bajo su cama? Sólo había una cosa capaz de acabar con la pesadilla: Yacutín. Se llamaba así, vaya a saber usted por qué.

Los Macromassa hicimos el primer concierto de nuestra historia el 21 de septiembre de 1976 en el Màgic. No vino mucha gente, volvimos a tocar el 22 con resultados similares y el 23 hubo algo más de gente: al principio del concierto había quizá más de doscientas personas, pero al final sólo quedaba un tipo con el cabello muy largo y ondulado que se acercó y nos dijo que le había gustado mucho y que quería tocar con nosotros. Le dijimos que viniera al concierto del día siguiente con su equipo, y el 24 de septiembre Macromassa ya éramos un trío. Albert Giménez, también conocido como Doctor T. Azul, llegó con una guitarra Les Paul que no recuerdo si era Gibson. También trajo un módulo del Señor Duy, con un atrevido diseño con panel de aluminio rojo y airon-fix negro. Con aquello traficaba los sonidos de la guitarra eléctrica de una manera bastante diabólica. También hablaba muy bajo.

Justo teníamos veinte años y la situación nos agobiaba bastante. Nuestros módulos personalizados Duy y nuestros instrumentos sonaban de forma incontrolable, igual que nuestro público, muy sensible a la humedad.

Cuando una rueda coincidió con la otra, sintetistas, friteros (de free) y Macromassa nos encontramos compartiendo La Orquídea en innumerables veladas de dudoso gusto, goteras sobre el escenario, batidas policiales e historias de amor. La Orquídea resistió muchos años. No sólo acogió a los grupos de los que hablaba antes. Con la década, por allí fue pasando mucha gente, desde el Colectivo de Improvisación Libre hasta la presentación de Come Organisation y World Satanic Network Systems, que Eliseu Huertas y Jordi Valls condujeron bajo la luz negra, pasando por la llegada de la Murphy Federation, cuando se les estropeó la furgoneta justo delante del local y, de paso, influyeron de forma clara en la manera de producir en el estudio de los músicos barceloneses. (Hasta ahora, con buenos resultados. Creo no equivocarme si digo que Jim Amos nos tranquilizó sobre la formidable presión a que sometíamos el estudio de grabación en aquellos momentos).

Con respecto a la Come Organisation, hay que decir que, pocos años después, William Bennet vivió en la calle Milà i Fontanals, Jordi Valls en la confluencia de Bailén con Travessera de Gràcia y los Macromassa desplazamos el cuartel general a Tordera, treinta y seis. Las tres posiciones forman un triàngulo de no más de 500 metros de lado. Debido a ello, hay una teoría que sostiene que la música industrial habría tenido un importante epicentro en el barrio gitano de Gràcia, dentro del área de influencia de la piedra magnética que se encuentra en el subsuelo del Raspall.

Fue Jordi García, de Suck Electrònic Enciclopèdic, quien nos presentó a Armand “Frigico” Miralles, montpelierense, guitarrista y escritor que acababa de autoproducir un disco de su grupo, Heratius Music Corporation, llamado Gwendoline. En el disco, la sufrida heroína de cómic compartía portada con una botella de absenta “La Loca”.

Armand vivía en un viejo palacio estropeado y medio desocupado del barrio antiguo de Montpéllier, ocupaba todo el piso superior y en la planta baja vivía un profesor de kárate. La compañera de Armand se llamaba Martine-Heléne Abou-Caya y tenía un perro que se llamaba Le Chien. Era un perro pastor, extremadamente feliz, que estaba obsesionado con tirarse por el balcón. Siempre lo intentaba hasta que lo consiguió. Martine-Héléne me regaló “Personnage Anglais dans une île”, de Jean-Noël Vuarnet. Cuando iba a verlos, me quedaba a dormir en el ruinoso palacio de la Vieille Aiguillerie y de noche podía oír a los fantasmas de Paracelso y Nostradamus, que habían vivido allí (antes de ser fantasmas). Yo iba a menudo, ya que Macromassa se había detenido por completo después del robo de todos nuestros instrumentos en el local de los Carretera y Manta, la noche de san Juan de 1980 (sintetizadores, generadores, un clavioline …), y estaba de baja por unas neuralgias en las ingles muy molestas que me impedían caminar cuando tenía que ir a lugares donde no quería ir.

En uno de estos viajes, Armand me dijo: “hay alguien a quien tienes que conocer”, y me llevó a casa de Pascal Comelade. Hablamos y me invitó a merendar al día siguiente. Durante la merienda, Pascal puso Possible Musics vol. 1, Remain in Light  y My Life in the Bush of Ghosts; todavía no habían llegado estos discos a España. Cuándo caía la tarde, Pascal me dijo que podíamos ir a la FNAC y comprarlos para que me los llevara a Barcelona.

Así llegaron estos discos a los asiduos de las sesiones musicales de Raspall, uno. Con Saura, Cervera, Crek, Giménez… fuimos los primeros en oír aquella música, desconocida en Barcelona. Formidable. Excitante.

Poco después me moví a Tordera, treinta y seis, tras una accidentada temporada en Venecia y un par de años en la Guineueta Vella, en casa de Peque Lino. En Tordera, treinta y seis, compartí piso con Paloma y Lulú, que dormían vestidas y tenían una perrita negra que se llamaba Mona. Tocaban en Matón Kikí, donde también estaban Mireia Tejero (alias Rufa) y una cantante llamada Cristina. El grupo ensayaba en el comedor de casa, Paloma Loring tenía la misma obsesión que Le Chien, pero ella no era feliz, y consiguió resolverlo a finales de los 80, creo que desde un balcón de una casa de la calle Progrés. A la casa de Tordera se incorporó también Bittori, con otra perrita, cuyo nombre no recuerdo. Yo ya tenía entonces a Hortensia (el único perro al cual una revista musical le ha dedicado una necrológica) y con Serapi, Anton Ignorant, Luis Mainhoff y otros, íbamos a menudo al bar Niet donde bebíamos tequila con cerveza. En 1985 me convertí en uno de los dos primeros catalanes en grabar un disco con un perro. El otro era Juan Crek y el disco, Macromissa, de Macromassa. La perra era Hortensia Pool, la primera perra barcelonesa en grabar un disco con dos tipos extravagantes. Hortensia volvió a cantar en un disco posterior: Los Hechos Pérez, concretamente en el tema El espigado aspecto de Martina. Hortensia Pool murió en 1992, el día en que se grababa el single “El Sol” de Macroelvis Supermassa (es decir, la fusión de Superelvis y Macromassa) y a ella se le dedicó el disco. Encuentro el nombre de Hortensia Pool (mal escrito; pone “Poor”) en una revista de 2009 que propone la lista de los 100 mejores discos de la historia del jazz catalán y ella aparece como instrumentista de Los Hechos Pérez. Y pienso que sí, que Hortensia tuvo una vida bastante “poor”.

Aqui vale la pena detenerse para explicar con detalle unos hechos que representan històricamente un importante punto de inflexión para la música experimental barcelonesa: la expedición de grupos al Primer festival Aja-Jazz de la Cerdanya. Allí fuimos los Error Genético (Paloma, Mireia Tejero, Marcel·lí Antúnez, Gat), los Secreto Metro (Peque Lino y yo con Claudio Zulián de invitado), los Kòniec, la Murphy Federation, enèsima versión, y un chico que se llamaba Luis y tenía una hermana que se llamaba Sofía. Fuimos allí en un autocar que se caía a trozos, fletado por Ràdio Pica. No recuerdo muy bien cómo convencimos a los organizadores que, de hecho, regentaban una casa de colonias, de que nosotros hacíamos jazz, pero nos encontramos en medio de señores mayores tocando estándares, con un frío que pelaba. El público, ubicado en un campo de pedruscos mostró su insatisfacción de múltiples maneras, que culminaron durante la actuación de Secreto Metro. Zulián dedicó el concierto al pueblo palestino, que acababa de ser masacrado en Sabra y Chatila, y la audiencia respondió a pedradas. Estábamos haciendo un tema llamado Más malo, más malo, quiero ser peor, cuando dejé de oír la batería y, al girarme, vi las piernas de Peque Lino en el lugar donde tendría que haber estado su cabeza. Después del impacto, detuvimos el concierto, pero el boicot continuó. Los organizadores no nos querían dejar dormir en la casa de colonias y, aunque al final accedieron porque estábamos a cinco o seis grados de temperatura, al día siguiente, sin que nos hubieran querido dar desayuno mientras los músicos de jazz mojaban pan en el café con leche, el autobús de Ràdio Pica volvió a Barcelona lleno de gente resacosa, feliz y con la conciencia de algo. Aquello, era, en realidad, la música experimental barcelonesa.

Una vez explicado este episodio fundamental, quiero destacar que, por entonces, Enric Cervera trabajaba en la fábrica de lámparas familiar, en la calle Progrès, y yo me pasaba por allí a menudo, por las mañanas, haciéndole compañía y charlando mientras él iba poniendo tubos de cobre y de plomo en el torno, fumaba y escuchaba la radio. Yo hacía lo mismo que él, excepto todo lo relativo al metal. Y de estas mañanas nació un nuevo instrumento: el paidophon, cuya única aparición se produjo en el disco Naïf/Atlas. En aquel doble LP firmado por Giménez-Cervera-Nubla, tocaron una veintena de músicos. Representa la conexión definitiva entre friteros y electrónicos.

Aquél fue tiempo para mí de grandes revelaciones: el descubrimiento de la triangulación masónica de las plazas de Gràcia, el descubrimiento de los primeros bares de noche del barrio (Falstaff, Cacao, Niet, el Cafè del Sol…), el descubrimiento de que los Rambliolia ensayaban en un viejo almacén de la calle Tordera, el descubrimiento de los pedales Electro-Harmonics y el descubrimiento de que todo empezaba entonces y estábamos inaugurando una época e incluso nuestra época. Es el primer momento de la historia en que tomé conciencia de la existencia autónoma de la música experimental barcelonesa.

El día del golpe de estado en España (veintitrés, efe), Cervera y un servidor maquinábamos el proyecto Naïf/Atlas en Raspall, uno, primero segunda. No recuerdo las provisiones pero sí que hacía mucho frío y que la pequeña estufa de bombona azul no calentaba nada. Bajé al horno a comprar pan y me enteré de lo que estaba pasando. Llamé a Pascal desde la cabina telefónica de la plaza y me dijo que la frontera estaba abierta. Subí a casa y continuamos discutiendo el proyecto del doble disco, comiendo (¿quesitos?, me suena quesitos con pan).

Al día siguiente, un clima inesperado y antiestacional se apoderó de los árboles y de los colores de las cosas en la plaza Raspall, pero yo estaba fuera y no lo noté. Iba por la calle, vestido con un mono naranja, persiguiendo a alguien que iba en un autobús. Si no, hubiera estado en el Resolís. O en la fábrica de lámparas. Era fácil de encontrar. En aquella época, desayunaba en el bar de la plaza callos con garbanzos, una cebolla tierna cruda y media botella de Lagunilla. Eso costaba menos de cincuenta pesetas. Si desayunaba en casa, unas ensaimadas fabulosas de la granja de la plaza, rellenas con cabello de ángel, con nata del día y mucho café. Eso puede no parecer importante, aunque la verdad es que lo es.

Cuando los Murphy Federation se quedaron sin furgoneta delante de La Orquídea, lo primero que hicieron fue entrar. Como era mediodía y el dueño, José Luis (ex-cantante de Los No), estaba limpiando y poniendo orden en el local, pudieron acceder y propusieron, con muy buen juicio, hacer unos conciertos con la intención de recaudar dinero para reparar la máquina. A tal efecto, también contaban con un disco a 45 rpm, encuadernado con papel de empapelar paredes, cuyas existencias eran una parte importante del equipaje del vehículo, además de los instrumentos, y que se podía poner a la venta en cualquier momento.

A pesar de haber empezado la década de los ochenta, no se nos había ocurrido nunca poner nuestros discos a la venta en los conciertos. El conocimiento de que eso era posible me transtornó. Aquella noche, al salir de La Orquídea, fuimos al piso de Crek en Alegre de Dalt. Una vez allí, Crek empezó a manipular una grabadora de cinta de dos pistas frenando y girando hacia atrás la cinta con las manos mientras sonaba, hasta provocarme mareos y vómitos, de manera que tuve que quedarme a dormir en su casa.

Ya habíamos llegado a la autoedición, en 1978, pero aún teníamos el esquema mental: discos autoproducidos ≠ tienda, hasta que en 1979 dedujimos que:

luego,

discos x 1 = tienda x LSD

por lo tanto,

discos = tienda

[entendiendo LSD como la constante Largo Sináptico Desarrollo, que tiene un valor muy próximo a uno (mismo)]

Es decir, las tiendas aceptaban los discos autoproducidos. No solo eso: los gatos hablaban, caminar hasta el aeropuerto de Mahón para quitarse las gafas y ver aterrizar los aviones era toda una experiencia, la pantera negra del zoo no sólo hablaba, aino que era verde fosforescente y se podía gatear de noche con tramuntana por los acantilados que parecen pensados por Druillet desde Cadaqués hasta el faro. Estas cosas, según me consta, siguen siendo posibles, excepto que todas las tiendas acepten discos autoproducidos.

Fue la época en que nos llegaron las noticias de que Gong había hecho un concierto en la esplanada de Montserrat. Pero ya hacía muchos años, tantos como desde Jimi Hendrix en Ibiza o de Miles Davis en Andorra. Ahora bien, cuando nos llegaron esas leyendas, ya corría Kevin Ayers por Gràcia y habíamos visto a Soft Machine en la Massana. Cuando Robert Wyatt, años después, se instaló en Castelldefels y colaboró en un disco de Claustrofobia, el círculo Soft se fue cerrando. Castelldefels no era Nicaragua, pero Wyatt era Wyatt. Tim Blake en l’Aliança de Poble Nou y, después, Gilli Smith en un concierto en que La Truita Perfecta tocaron en el vestíbulo de la sala, los Mother Gong, que Pau Riba invitó a la Contrita Contradictio Virgo Inseminanda, cerraron el otro círculo, el del héroe que llega a la tierra en tres elepés: el primero es el Viaje, el segundo, el Sexo y el tercero, el Otro. Aquella noche, en aquel campo de Canet perdí el saco de dormir y una bolsa con las cosas de fumar.

En el observatorio de la Luna Banana, Riba había grabado Licors, que es el disco psicodélico mejor iluminado de cuantos se han publicado en Catalunya, y todos comprendimos que le devolvía a Allen la invitación y que si se acababa Canet Roc no pasaba nada, ya que había empezado en algún momento. A partir de ahí se entiende que empezó otra cosa.

En un momento dado, los Murphy Federation, se instalaron en los estudios Sonitec, en la calle Gomis. Vivían allí, pero no se tenía que notar durante el día, cuando se hacían las Producciones de Publicidad, Pachanga y Porno, las cuatro p que permitían que el estudio estuviera, en las horas muertas, a disposición intensiva de nuestros experimentos y proyectos lunáticos y para tender en los pasadizos la ropa de los Murphy, que eran una gran familia. No desayunábamos ensaimadas rellenas por las mañanas, después de las largas sesiones de grabación, pero íbamos a tomar café y croissants al bar de enfrente (que llevaba un matrimonio gallego con un hijo mangui, pero de buena pasta y una hija de buena pasta, todavía más inocente). En aquel estudio grabamos el Naïf/Atlas, el Domestic Sampler Umyu (que vendría a ser la confluencia entre los fritero-electrónicos y la nueva corriente de grupos pop locales no identificados con la movida estatal) y muchos otros discos, el de Gus Coma, el de Klamm, los primeros de Albert Giménez, el buscadísimo single de Lol Coxhill (“DiscodementiaIl froga silencio”) y otros tantos experimentos que no llegaron a publicarse. Por allí pasaron muchos músicos y también pasó un día el dueño del estudio, en una moto de gran cilindrada, diciendo que se iba a Madrid y que ya nos llamaría, pocos minutos antes de que vinieran unos señores del juzgado y lo precintaran todo.

Joan Saura se pasaba a menudo por el piso del Raspall que compartíamos Claudi Feliu y yo. Allí escuchábamos discos. Los Macromassa estábamos en un ruinoso negocio de importación de discos y distribuíamos en Barcelona copias de los primeros de Residents, Henry Cow, Embryo, Magma, Stormy Six, etcétera. Estábamos dentro de la red R.I.O. y esta fuente de información fue importante. También estábamos (de una forma más natural) en la red post-R.I.O., que algunos asocian directamente con lo que se llamó Música Industrial, así que podíamos tener aquí discos de Nurse with Wound, Lemon Kittens, Metabolist, etc. Ése era el resultado del intercambio de nuestros discos con los suyos, y hacíamos circular cuatro o cinco copias de cada, normalmente en la tienda de Gay & Company de la calle Hospital, donde trabajaba Javier Hernando. Por allí iban a menudo Germán Lázaro y Krishna Goineau que, con toda probabilidad, hacían novillos.

Con Joan Saura escuchábamos estos discos en casa, en una habitación en la que había un terrario donde vivían cinco tritones. No es fácil saber el sexo de los tritones. Uno era grande y arrogante. Claudi y yo decidimos que era un macho. Había otro especialmente estilizado, también de buenas dimensiones, el cual nos pareció una hembra; y había tres más pequeños, más feos y de colores no tan intensos. Me había interesado por la música de Charlie Mariano a partir de su colaboración con Embryo y tenía un disco suyo con una pianista japonesa, bajo el nombre de Toshiko-Mariano Quartet, de manera que al tritón macho le pusimos Mariano, a la hembra, Toshiko y a los otros tres, Quartet, Quartet y Quartet. La habitación estaba organizada de forma que el terrario, sobre una tarima, recibiese una luz interesante y ante él se encontraban dos tarimas más, cubiertas por cómodas colchonetas, que permitían tumbarse ante los tritones y observarlos durante horas. Era una habitación para mirar tritones, escuchar música, jugar al ajedrez, beber coñac, fumar y también mirar por el balcón cuando los tritones dormían. Abajo, la vida del Raspall era, como ahora, la mejor muestra del cambio permanente. Hay un breve fragmento de super-8 tomado desde ese balcón en el que Armand Frigico y Martine Abou-Caya se despiden desde la plaza, con sus maletas de cuero, vestidos como los personajes de la escena de Cravan vs. Cravan en la playa de Tossa. El disco Gwendoline, de Heratius Music Corporation, estaba dedicado “aux résidents de l’Impasse FAUST”.

Después, siguieron pasando cosas, pero forman parte de la segunda parte de esta parte de la historia.

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