Viajar ilustra

6 diciembre, 2012 § 1 comentario

La Roca (foto: Maite)

La Roca (foto: Maite)

No se puede decir que mi experiencia como viajero en medios de transporte colectivo no pudiera animar una conversación en declive:

– Para empezar, me he encontrado en escaleras mecánicas atestadas de gente que han dejado de subir y se han puesto a bajar haciendo caer a todo el mundo, como fichas de dominó.

– Pero eso no es nada: he sido confinado durante horas en un compartimento cerrado con un centenar de personas en un barco que se bamboleaba tanto en medio de la tormenta que los vómitos de los pasajeros formaban en el interior un oleaje paralelo al del mar que nos zarandeaba.

– Y ésta sí que es buena: ser despertado de madrugada para largarse de un tren bajo una lluvia torrencial y descender cargado de instrumentos la ladera de una montaña debido a un atentado en la vía.

– No me olvidaré de citar cuando despegué en un avión sin revisar desde un hangar clandestino.

– Importante en grado superlativo para mí es haber cruzado la Pampa en un taxi de gas butano y ser asaltado por policías en el camino.

– También he sido despertado por azafatas que intentaban darme la cena en un avión que salió con tanto retraso que los pasajeros ya habíamos desayunado antes de subir.

– Uno de los hits es cuando tuve que saltar una vez por una ventanilla de un tren en llamas.

– Y eso no es todo: he hecho Berlín-Lisboa de un tirón en un autocar lleno de grupos grunge que se odiaban entre sí, con un conductor borracho, e incluso he tenido que aguantar, vestido de militar y con la cara llena de granos, la simpatía de Julio Iglesias y dos chicas cañón, hasta tener que tomarme un whisky con ellos en uno de aquellos aviones del puente aéreo de los 70.

En muchas de esas ocasiones he sido, además, reprendido gratuitamente por tripulantes asustados, equipos de rescate que siempre llegaban tarde y funcionarios infelices, aunque también he conocido pasajeros interesantes y he descubierto cosas de mí mismo que desconocía.

Así que no puede extrañarle a nadie que me encontrase el viernes 30 de noviembre en el tren Alvia 00437 que salió de Bilbao con destino a Barcelona a las 15:28, y que se comió los restos de una roca de varias toneladas que se había desprendido después de las fuertes lluvias en un angosto paso de vía única, poco después de la estación de Lezama. No chocó porque la bendita roca fue a dar contra el único pilar de la catenaria y lo que atropelló el tren fueron fragmentos de La Roca, y no La Roca en su definitud sólida y pétrea, de lo contrario quizá no estaría yo explicando ahora estas cosas. Dichos fragmentos rompieron lo que se supone que lleva un tren por debajo, que no sé lo que es pero que, una vez roto, el tren ya no funciona. Como la roca estaba después de una curva, el maquinista la vio demasiado tarde, tanto como que, para cuando frenó, la roca ya estaba a la altura del último vagón, que era donde iba yo. El frenazo fue espectacular y, entre otras consecuencias inesperadas, hizo que una botella de rioja se derramase enteramente dentro de mis zapatos. Y allí nos quedamos tirados 79 pasajeros a oscuras en un tren perdido, en una especie de cañón montañoso donde probablemente el Olentzero prepara, de forma discreta y alejada, sus regalos navideños. Tardaron dos horas en llamar a los bomberos y a protección civil y la evacuación se produjo cuatro horas después del accidente. Cierta cojera que arrastro estos días puede tener su origen en aquellos momentos de contorsionismo sobre escaleras plegables y rocas desmenuzadas bajo la luz de la luna.

Llegué a mi casa al cabo de catorce horas, habiendo sido reprendido de nuevo innecesariamente en diversas ocasiones por personas incompetentes y habiendo conocido pasajeros interesantes. Como siempre.

Esto es como las ostras: puede ser que una te siente mal, por lo tanto, come bastantes y al menos habrás disfrutado de las otras. Imagínense que todas esas cosas me hubieran pasado en un solo viaje…

Viajen. Viajar ilustra, me dijo alguien una vez.

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§ Una respuesta a Viajar ilustra

  • En Girbén dice:

    Ja és… Puc donar fe de què el tram de los Montes de Orduña és dels més feréstecs del trajecte. Només recordar les “loberas” de la serra (enormes instalacions de pedra per a la matança dels llops) ja m’esgarrifo.

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