La voz cierta

15 febrero, 2013 § Deja un comentario

La vigente potencia gallinácea

Retrato vivo de la perspicacia gallinácea cotemporánea (foto: O’Glor Carvalho)

No estamos solos. Existen voces que hablan con un lenguaje claro, que interpelan a una clase social excluyente, por mentecata, que no se conforman con la retórica del poder. Los media dicen que esta gente reclama transparencia en el discurso político. No es cierto: piden orejas, no palabras. Pero los parlamentarios ¿oyen o escuchan? La policía ¿oye o escucha? El sistema, atiborrado de ruido, ¿qué oye? ¿qué escucha?

Tiene su propia voz interior, el sistema. Hay altavoces con forma de ubre en cada despacho de cada funcionario de élite. Ubre generosa y lechosa que transmite su muzak adormecedor. La Teta. En singular. No hay simetría en tan tersa superficie. La ideología mamaria única triunfa, es el verdadero partido transversal. ¿Aves mamíferas? El Toro y la Vaca como animales-símbolo.

Suerte de esas voces civiles, pero ¿quién las escuchará? ¿Una población estupidizada que digiere la información de los media como si fueran natillas? ¿Seguidores de multimillonarios que le dan patadas a una pelota en pantalón corto? ¿Admiradores de la realeza, la nobleza y la zopenquez? ¿Fans de la ambición de otros? ¿Esclavos? ¿Carne de cañón? Toda esa pobre gente que habla con el mismo lenguaje que los periódicos y la televisión, son los destinatarios de las consecuencias de su propia, profunda, confusión.

A mí, lo que más me fascina, es que todavía haya alguien que piense que conseguir un millón de firmas a través de una plataforma en internet no sea tan legítimo como hacerse con un millón de papelitos, en los que ni siquiera hay que escribir, depositados en cajas de metacrilato un domingo cualquiera. Me fío mucho más de lo que opina la gente un día de cada día después de llegar a casa y consultar el e-mail, que de la fanfarronería de la fanfarria dominguera electoral, ya ve usted.

Respeto esas voces, de esas personas que gastan su tiempo en dar sentido a la libertad que, de facto, la élite política trata como un abuso y dice tolerar. Como  si no fuera un derecho.

En fin, son tolerantes, para qué molestarles. Están ahí todos los días salvando el país, el planeta, el universo entero, y va la gente a quejarse de que el propio sistema les excluye. ¿Cómo puede ser posible? El sistema no es exclusivo, fíjense que la mayoría de tarados psicópatas con delirios de grandeza encuentran un apacible lugar en él. ¿De qué se queja usted? Ser íntegro solo te lleva a ser desintegrable. Sea maleable, déjese llevar y asuma la vieja condición premoderna: si alguien se mea encima de uno es por que está más arriba. Ello le reportará conformidades confortables y una comezón sin importancia en los sobacos que cura muy bien con la exposición continuada a la televisión. El espectáculo siempre estará ahí, para usted. Tranquilícese. Usted no sabe que a su edad ya se ha extraído de la nariz seis millones cuatrocientos mil mocos con el único recurso de sus dedos, pero está al corriente de los cientos de goles marcados por Messi. Compare, y comprenderá que ya no va a dejar nunca más de creer en lo que digan si la imagen es correcta y los subtítulos convincentes.

Al fin y al cabo, y como mucho, usted luchará por su futuro, no por los demás. Aunque quizá comience a experimentar la leve sospecha de que otros lucharían por usted. Si no es así, no pasa nada. Los imperios siempre acaban con una letargia amarga y definitiva. Y, en el fondo, ¿a quién le puede importar?

Aquellos que gobiernan no lo hacen sobre el sistema y sus  dinámicas, puesto que, potestados para la dinamización y el transcurso, gobiernan sobre los demás. Casi nunca se les ocurre nada, pero están allí. Nos apiadaremos de sus desgraciadas andaduras espirituales y les desearemos una reencarnación en un mamífero superior más o menos bonito. Quiera el azar exacto que así sea. Pero no nos sabrá mal enterarnos dentro de miles de años de que no lo lograsen. En el fondo, es cosa suya. Como lo ha sido de todos los caraduras, abusones, chulos, listillos, valentorros o reprimidos, que han podido ser estudiados con el tiempo necesario para determinar su nocividad y ejemplificados en la historia ficticia de la literatura. Algo totalmente exclusivo, indigno de la gente feliz e irreprobable desde el foco helado de los inmorales. Han agredido física, emocional, intelectual y espiritualmente, siempre que han podido, durante siglos. Ahora el límite se llama tiempo. No hay más dimensiones. No hay más comodidades. Es el momento de la voz cierta, basta ya de la voz gallinácea. ¿Empatía o cloqueo? Decidamos.

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