Una noche y su correspondiente amanecer

12 marzo, 2013 § 1 comentario

Atención extrema. Can Font, septiembre 2007

Atención extrema. Amanecer en Can Font, septiembre 2007

Sacha viene todos los días a la misma hora y trae el periódico. Mientras leo, pone en el tocadiscos Alibis, de Carol Laure & Lewis Furey, primero la cara A, luego le da la vuelta, y en la tercera canción de la cara B me acerca unas tostadas con mantequilla y mermelada de naranja amarga. El café prefiero preparármelo yo, Sacha no entiende de café. Tampoco entiende lo que dice el periódico, por que es analfabeto desde que terminó de leer el número tres de la revista Mascotas. Hay quien sostiene (Phyllis, el gateador) que no llegó al final del ejemplar y que decidió olvidarlo todo al concluir la lectura de una sección sobre impermeables para perros pequeños en la nueva línea de fantasía para 2013. Sea como fuere, ahí se quedó la cosa y ahora Sacha es analfabeto. También he notado que presta más atención a los tonos arcillosos en la ropa que elige.

La lectura del periódico es incómoda. En primer lugar porque mi sillón de lectura está justo encima del triturador de chatarra industrial que ha instalado clandestinamente el vecino de abajo, y luego porque imprimen los periódicos cada vez con menos tinta. No sé si vale la pena añadir que la luz baja y sube de intensidad en cualquier momento, con lo que la lectura se hace insoportable.

He decidido seguir el ejemplo de Sacha y me he hecho analfabeto.

En mi segundo día como analfabeto he cometido graves errores que podían haberme costado la vida (no tengo una larga experiencia en el tema): aquel bote de mostaza que he comprado en el supermercado era en realidad betún para los zapatos, según me ha explicado más tarde una vecina. Sacha y yo hemos comido unos bistecs y, siendo generosos con la mostaza, así estamos, peleándonos por ocupar el lavabo. Otras confusiones de hoy no vienen al caso, pues son más escabrosas. Pero la vida analfabeta no me desagrada. Me fijo más en las imágenes y aprecio mejor la belleza de las tipografías.

Justo cuando le he cedido el turno a Sacha en el lavabo por enésima vez, han llamado a la puerta, he abierto y delante mío había un tipo que parecía salido de alguna parte, yo recordaba haber leído sobre el tema, pero siendo un neoanalfabeto convencido, no podía recurrir a aquella información fruto de la lectura, así que le dije:

– ¿Qué es usted?

A lo que él me respondió:

– Soy un prototipo del siglo dieciocho.

– ¡Ah! ¡Por eso va vestido así!

– Exacto, joven. Ahora, ejem, ¿podría hablar con quien esté al mando?

– Su visita no responde a ninguna cita previa, tampoco nos hemos conocido con anterioridad, ni siquiera ha preguntado por nadie en concreto. ¿Es usted un hidrocarburo? Ellos actúan siempre así.

– Verá, si me permite, mi historia es muy triste y algo larga de explicar. Si me dejara entrar y sentarme en una silla y me ofreciese un poco de agua para refrescar la garganta…

– Por favor, pase usted. Imagínese que desde hace dos días aquí practicamos un cultura oral, cualquier relato nos enriquecerá muchísimo. Y no piense que es solo agua lo que ofrecemos al viajero -le respondí entusiasmado, y grité: ¡Sacha! ¡Trae el vino blanco de las grandes ocasiones!

Diez horas más tarde, el misterioso visitante estaba acabando su relato (que me recordaba muchísimo a una novela que había leído alguna vez, antes de ser analfabeto) cuando irrumpió en el salón Sacha diciendo:

– Ya están aquí. Todos.

– ¿Quiénes, Sacha?

– Bueno, ellos. Tenían que llegar a esta hora, creo, o a cualquier otra.

– Disculpa, me había quedado dormido. No sé a qué te refieres. Por favor, acompaña al señor. Caballero -añadí, dirigéndome al intruso- no lo dude, su exposición ha causado una fuerte impresión en mi ánimo. Lamentaría que le hayan molestado mis ronquidos, pero he tenido una semana realmente agotadora.

Aquel hombre no respondió de inmediato. Parecía pensarse la respuesta mientras se balanceaba suavemente, ahorcado con los tiradores del cortinaje del salón.

– Está bien, Sacha, no quiero que quede nada de esto a la vista cuando entren nuestros invitados. Por cierto, ¿quiénes has dicho que son?

– Son ellos. No puedo decir mucho más.

– Ojalá sean verdaderos hidrocarburos.

– Puede que lo sean, no puedo argumentar en contra de esa presunción. ¿Me ayuda a descolgar al muerto?

– Mi buen Sacha, este hombre se ahorcó él mismo y debería ser él quien se descolgase del techo del salón. En su defecto, bien está que te ocupes tú de ese menester. Yo debo atender a mis visitas.

Salí, decidido, al porche y vi cómo iban bajando de los coches gentes ociosas de andar afectado que comentaban entre sí:

– Está bien, yo mantuve el mío.

– Te lo habías encontrado. ¿Y si no era salvaje?

– Dejad ese tema, ahí está el anfitrión.

Los recibí en la escalera, eran una docena de personas, bien abrigadas y exhalando vapor. Estreché las manos de los hombres, besé las de las damas, le di una patada al perro del vecino, que había venido a husmearme los camales de los pantalones y tiré del cordón de la campana para que Sacha viniera a recoger a aquella gente y acomodarlos en el salón.

Había hecho un trabajo impecable, no quedaba ni rastro del ahorcado. También habían desaparecido las cortinas y el tresillo. Los invitados se acomodaron frente al fuego que ardía en la chimenea, habiéndose desprendido de sus abrigos. Sentados en posición de loto, dejaron vagar sus miradas por el chisporroteo irrepetible de la lumbre, mientras yo me preparaba un whisky. Sacha me dijo al oído:

– Campesinos.

– Me lo temía -respondí.

– Al menos once de los doce.

– ¿Uno es cazador?

– Voy a preparar la cena.

– Confío en tí, Sacha.

Terminé el whisky y me serví dos más antes de que Sacha dispusiera los platos en la larga mesa del salón. Él y yo cenamos, pero los invitados permanecieron frente a las brasas, frotándose las manos y cuchicheando. Solo uno se levantó, anduvo por la habitación, mirando las reproducciones pornográficas colgadas en las paredes y acabó por sentarse a la mesa.

Sacha le sirvió vino.

– Yo no hubiera querido estar aquí, pero lo quise -dijo aquel hombre, que bebió su vino sin levantar la vista.

– No se preocupe, Sacha y yo queremos estar aquí. Seguro que eso le tranquiliza.

– No sé quién es Sacha.

– Quien le ha servido el vino. Mi brazo derecho. Mi amígdala -Sacha se acercó hasta él, le estrechó la mano y le volvió a llenar la copa.

– Encantado, Sacha -dijo el huésped. Y se sumió en sus pensamientos. Movía las cejas y murmuraba algo que no pude entender.

Levanté los brazos y palmeé. Me encanta el papel de anfitrión. Sacha, que estaba a mi lado, se alejó un poco para poder llegar precipitadamente y preguntar, angustiado:

– ¿Necesita algo el señor?

– No sé, pregúntale. Por mi parte, ya que estás aquí, desearía escuchar un poco de música. ¿Qué tenemos hoy?

– Hoy tocaré la Sonata del trino del Diablo.

– ¡Odio el violín!

– No te inquietes. Lo haré con el duodeno y los once campesinos me acompañarán con unos coros tan graves que el trino estará alrededor los 30 hertzios, lento, lentísimo, ya nos hemos puesto de acuerdo.

– Lento, lentísimo -aprobé- ¡Amo el ventolín!.

La acción se iba oscureciendo. Cabía prestar más atención a los olores y a la sensación térmica. Todo se concretaba paulatinamente a medida que avanzaba el relato de aquellos mismos hechos. El tiempo real descartaba numerosas expectativas y nos aproximaba a un desenlace que pudiera resultar creíble, pero todas las opciones arrojaban extensas argumentaciones, momentos inesperados de longitud imprevisible y ramificaciones de la trama central que podían ocupar regiones completas adyacentes al texto principal. Entonces tomé una decisión y me confortó enormemente que todos los asistentes tomaran las que les correspondían. Inmediatamente, la atmósfera se volvió diàfana, al espesor le sucedió la liviandad de las cosas y la luz horadó las sombras sólidas de aquel estado, hasta sumirnos en otro. Entonces se hizo de día y el canguro blanco arrancó una vez más.

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