De acuerdo, esto puede considerarse una distancia

16 marzo, 2013 § Deja un comentario

Fuerza y Luz, carrer Llibertat, ,Gràcia, junio 2012

Fuerza y Luz, mosaico en el carrer Llibertat, Gràcia, junio 2012

Alpha 5 : Quel est le privilege des morts ?
Lemmy Caution : Ne plus mourir.
Alpha 5: Savez vous ce qui transforme la nuit en lumière ?
Lemmy : La poésie.
Alpha 5 : Quel est votre religion ?
Lemmy : Je crois aux données immédiates de la conscience.
(Jean-Luc  Godard, Alphaville)

No era más que un punto. Y contra el fondo nítido del cristalino, el punto era negro. Así llegaba hasta la retina. Si ésta se pudiese ajustar mediante un objetivo de aumento, hubiera sabido de antemano que el punto contenía más colores, escenas y hasta un mundo completo, pero en el primer momento solo acerté a pensar que se trataba del típico fenómeno entóptico. Poco tardé en comprobar que el punto se agrandaba sin que mi sistema ocular tuviera la menor responsabilidad en ello. El punto se hizo mayor y pude distinguir en él manchas y fragores que luego fueron tierras y mares, secuencias de gentes apresuradas y otras dolientes, fauna y vegetales, nombres, guerras y sociedades, libros y canciones, fogonazos de color y de sonido. En aquel punto creciente que ya ocupaba la mayor parte de mi campo visual, parecían reproducirse modelos de la Humanidad y de la Naturaleza que no me eran ajenos aunque estaban fuera de mí. Y así fue cómo una civilización completa impactó contra mi ojo derecho y de esa manera tan grosera se introdujo en mi cerebro por entero y me dejó fuera de juego.

Durante una buena temporada, conté con los cuidados de una legión de admiradores que, haciendo oídos sordos a mis quejas, llenaban mis horas con consejos, pero más tarde se fueron. Tuve que reemprender mi vida, que nunca volvería a ser como antes. No había perdido la visión, pero todo aquello que veía con el ojo derecho lo debía compartir con las miradas de todos los seres de aquel mundo que un día, ya remoto, chocó contra mí. Solamente podía hacer mis cosas cerrándolo y valiéndome del ojo izquierdo. Si me valía de los dos, era un conflicto y si usaba el derecho, me desconcertaban las voces, los cláxons, las explosiones y el olor de la muerte. Hasta que un día sonó el teléfono y al responder, una voz me dijo:

– Conocemos su caso y podemos ayudarle.

– ¿A qué se refiere?

– Podemos extirparle ese mundo de una forma sencilla. No tiene por qué seguir sufriendo.

– Eso debe ser una broma -dije ahogadamente.

– No, pero es muy caro -dijo la voz.

Me dieron una dirección del barrio de los desguaces, me citaron para el día siguiente y me compré un gancho de colgar pavos. Dediqué el resto del día a deslizarme lánguidamente por las tabernas del barrio portuario mirando con el ojo izquierdo a las mujeres y con el derecho a todo lo demás.

Veinticuatro horas después me encontraba bajo una tromba de agua golpeando con el mango del paraguas la puerta de la entrada de mercancías de Desguaces Tritón, en el distrito 74. Nadie abrió. Descubrí un timbre y lo pulsé. Debajo del timbre una placa oxidada decía:

Recepción de mercancías

Menaguen Kolectos

El diluvio arreciaba. Nadie abrió. Al otro lado de la calle, un lúgubre edificio gris presentaba un porche lleno de maleza y corrí hasta allí para refugiarme. A resguardo de la lluvia encontré un escalón de cemento para sentarse, al pie del cual se deshacían en los charcos cigarrillos arrugados, y allí me quité las botas para vaciarlas de agua. Había terminado mi tarea cuando vi que por el resquicio de la puerta de Desguaces Tritón se filtraba un hilo de luz amarilla que fue creciendo hasta que comprendí que la puerta se estaba abriendo. Primero asomó una mano, después unos rizos dorados que, al mojarse, se deshicieron sobre un rostro sereno: era Halibut. Si es Halibut, hube de rectificar, su rostro no está sereno, más bien muestra precaución. Y así fue, Halibut volvió a cerrar y pasó al menos una hora hasta que volvió a entreabrirse la puerta y la vi aparecer con una pistola que parecía acabada de fabricar con una pastilla de jabón. De hecho, comenzó a espumear en cuanto la lluvia le cayó encima y ya estaba casi deshecha cuando dos tipos armados con lanzagranadas salieron completamente empapados de detrás de un cobertizo y huyeron calle abajo chapoteando. Halibut me hizo señas para que cruzara la calle.

– ¡Ya no hay peligro! -gritó.

Al franquear la puerta de Desguaces Tritón tuve diversas sensaciones. La primera está relacionada con la interrupción de la humedad y la segunda con la admiración ante un interior inaudito. Las sensaciones posteriores no vienen a cuento, aunque son una veintena. El edificio albergaba una sola sala, alta hasta el tejado y amplia como toda la manzana que ocupaban los Desguaces Tritón. No había allí máquinas ni herramientas propias de la industria del reciclaje de chatarra, más bien me encontraba ante un extraordinario museo surgido de la pesadilla de un naturalista: esqueletos de sirénidos, ajolotes disecados, momias de cocodrilo y gigantescas dentaduras de tiburón que colgaban del lejano techo como ojivas góticas. La iluminación procedía de fuentes invisibles y arrojaba entre las figuras muertas sombras agradables, resaltando sus relieves y oscureciendo los límites espaciales en los que parecían flotar. En el centro de la inmensa sala, algo parecido a un laboratorio emitía un resplandor verdoso y un sonido tubular parecía provenir de allí. Halibut se secó con una toalla que estaba colgada de un esqueleto de dudongo y me miró de arriba a abajo.

– Realmente estás muy mojado. Bueno, voy a poner música.

Aún sostenía en la mano la falsa pistola que, una vez deshecho el jabón, parecía evidente que había sido modelada alrededor de una clavícula de nutria.

Al poco, sonó la Sinfonia da Requiem de Britten.

Había una zona de largos muebles blancos con estantes que sostenían hileras de frascos en cuyo interior flotaban embriones, ojos y vísceras inidentificables.

Halibut esperó pacientemente a que dejara de exclamarme ante el espectáculo, cosa que me llevó mucho tiempo y me permitió gesticular y adoptar extrañas expresiones faciales que prolongué sin prisa. Ella aprovechó para darse una ducha, cambiarse de ropa y preparar unos bocadillos. Luego dijo:

– Te voy a quitar eso del ojo.

Y me lo quitó. Nunca he sabido cómo lo hizo, pero desde entonces he confiado en ella más que en mí. Yo sería incapaz de hacer aquello. Ese universo estaba en mi ojo y justo después ya no estaba. Para siempre. Ignoro qué fue de aquellas pobres gentes, sus montañas y sus animales, pero desaparecieron de mi campo focal y, lo más importante, se esfumaron de mi visión interna.

Entonces vi el mundo: se abría ante mí. Se desplegaba como la cola de un pavo real vestido de asceta griego. Lo que más me sorprendió era su olor. Nunca me lo hubiera imaginado. También era importante el zumbido que lo acompañaba. Vaya, que la cosa se las traía. Que si aristas y niveles y dimensiones y planos y capas y substancias. El pensamiento vegetal me pareció interesante y caí de bruces ante la inteligencia animal. Todo ello estaba previsto, al parecer. Halibut iba matizando la iluminación desde una consola de mandos mientras una docena de hombres vestidos con batas blancas cambiaban de lugar las cosas a medida que las iba comprendiendo hasta dejar ante mí un pastel de tres niveles, de color blanco, del que emergieron:

Del primer nivel, un tipo armado con una carabina que me disparó sin acertar.

Del segundo nivel, un globo rojo que flotó hasta el techo remoto de la construcción.

Del tercer nivel, tres formatos de mí mismo, que consiguieron reducirme a un vergonzoso tamaño ínfimo que, una vez conseguido, les permitió confinarme en un paralelepído metálico de 50 x 50 cm.

Estaba tratando de habituarme a mi nuevo estado cuando Halibut se acercó al cofre y me dijo en voz muy alta:

– No te preocupes.

A partir de aquí, el lector puede imaginarse muy bien la continuación de aquel extraordinario episodio que cambió mi vida y la de algunos otros. No contiene ningún secreto y quizá por ello sea menos apetecible de imaginar, pero si algo puedo asegurar es que no podrán encontrar en este texto ninguna frase más al respecto.

Tampoco se explicará en adelante qué hice con el gancho de colgar pavos.

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