Cosas que me pasan

10 mayo, 2013 § 3 comentarios

Rostro (acuarela sobre papel de cocina, diciembre 2008)

Perfil (acuarela sobre papel de cocina, diciembre 2008)

Queridos lectores de este bloc, hoy aprovecho para explicaros que, mientras nos vamos sumiendo en el anticaos más letal jamás imaginado, algunas cosas que me pasan parecen querer escapar de esa pústula cauterizada a la que vamos a ser reducidos por la acción política más escabrosa y poseída de las últimas décadas. Son cosas locales que me han llegado como si todavía fueran reales, como si se pudiera confiar en ellas. Son cosas que solo tienen sentido con un par de puntos focales (con uno no basta) porque son elípticas y por tanto, no siempre las veo igual. Una es un tanto rígida, la otra es líquida. A veces lo veo al revés. Se relacionan con el territorio y las personas y la vida cotidiana, luego no están nada mal, visto lo nunca en verdad visto que nos dan como pienso, y aunque este post es más personal y menos estropelástico que otros en este bloc, quería compartir estos sucesos con ustedes. La cosa es sencilla pero fascinante:

El 24 de abril me dieron el Premio de Honor Vila de Gràcia en el salón de plenos del Distrito, lleno a rebosar y, la verdad, fue emotivo y totalmente distinto a cualquier cosa que me hubiera pasado antes.

Y mañana, 10 de mayo, los gitanos de mi querido downtown de Gràcia, me estrenarán una rumba que les he compuesto. La tocarán el Jonathan y el Coro de Niños Gràcia Caló porque se celebra el homenaje a Carmen Amaya en la plaza Raspall, dentro de la Semana de Poesía de Barcelona. Esto también es único.

Son dos cosas relativas a este territorio de 120 mil y pico habitantes en el que vivo y en el que nací.

La primera es institucional, pero no deja de ser un excedente bonito de la todavía próxima política local, aún más en Gràcia, donde todos hacemos política local. No en vano el premio se decide a partir de las propuestas de los propios habitantes y entidades del territorio. Lástima que no sea un premio remunerado, cosa que hubiera ido bien para salvar algunos de los proyectos en que participo y que ahora mismo peligran tanto o más que el propio peligro de las cosas. Pero, en todo caso, viene a significar que para el conjunto de los que pueblan este territorio es un honor que un indígena como yo ande por aquí, así que podéis imaginaros que para mí también lo es.

La segunda forma parte también de mis extrañas realidades personales que casi nunca puedo prever, y me trae el aroma de todos estos años en la plaza escondida, llena de luz, y de noches y cantos oídos en la misma calle. A veinticuatro horas de distancia de que mis convecinos gitanos toquen y canten una rumba de amor y un poco científica que he escrito para ellos, en la plaza de la leyenda de la piedra magnética (La Pedra dels Carallots), SU plaza, y por suerte la mía desde hace 33 años, no puedo evitar un estremecimiento que quería compartir. Otro honor tremendo.

Eso es todo.

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