Creyendo creer que se cree

27 noviembre, 2013 § Deja un comentario

Lechugas vivas: un acto de fe (lechugas en una caja, mercat de l'Abaceria, Gràcia, enero 2013)

Lechugas vivas: un acto de fe. (Lechugas en una caja, exterior del Mercat de l’Abaceria, Gràcia, enero 2013)

Andaba yo dándole vueltas al hecho de que si un niño de dos años no puede votar en unas elecciones, ¿por qué demonios es posible hacerlo socio del Barça? Me hace pensar en el bautismo: se bautiza a los niños al nacer y mucho antes de que puedan expresar su opinión sobre el tema ya forman parte de la gran familia católica. En ese aspecto, el Barça funciona como una religión. Va mucho más allá de la nacionalidad, puesto que ésta ofrece ventajas tangibles de inmediato y nadie en su sano juicio solicitaría el estatuto de apátrida para su hijo (de entrada, si se lo aceptasen, se quedaría sin seguridad social). El Barça propone un presente aceptable a pronto pago y al pasado y al futuro les dedica poco entusiasmo. El pasado: la gloria y el fracaso. El futuro: el fracaso y la gloria. El fútbol y el azar, ¡qué cosas! La fe en el presente es una variación extraña, ya que nuestro mundo vive bajo la idea de que para que una cosa sea necesaria, imprescindible, tiene que haber desaparecido o no haber existido todavía, así funciona el mercado. Vender presente cada vez es más complicado. De ahí que pueda resultar interesante para los creativos publicitarios y para el márketing en general tomar buena nota de cómo la religión católica se basa en la pérdida, en la ausencia de lo pasado y al mismo tiempo en la promesa y la garantía de lo que está por suceder. En la falta o carencia, hacia atrás o hacia adelante. ¿Qué religión no añora un pasado inexplicable y un futuro que se pueda explicar, por increíble que parezca, a condición de que ambos sean más excitantes que el presente? El presente ahora mismo en nuestra cultura se llama “día a día”. Una cosa angustiosa.

La mayoría de las religiones también sostienen que Dios anda terriblemente preocupado por nosotros, pobres mortales, y si no fuera por El, probablemente nuestro destino sería peor, o lo será, si somos condenados (así que se trata de un tribunal permanente, te está juzgando nada menos que Dios, no un jurado civil ni nada parecido y tampoco por un delito concreto. Vendrá a ser un juicio del carácter donde no valdrá la personalidad, me imagino). Dios es superior y como todo aquél que es superior, tiene la responsabilidad de que te sientas explicado de forma que asumas la culpabilidad de no ser El.

Como los empresarios, que se quejan de que los trabajadores resultan muy caros para las empresas porque éstas deben pagar su seguridad social, cuando en realidad las empresas descuentan del sueldo del trabajador su contribución a la seguridad social. Proviene de su sueldo, no lo pagan aparte, es el dinero del trabajador. ¿Cómo puede ser que haya tantas personas convencidas de que las empresas soportan una carga que, en realidad, soporta el trabajador?

Hemos de abordar con más delicadeza el tema de que debe haber gente que hasta preferiría no haber nacido, se sienten conscientes de que están dándole problemas a Dios y a la empresa para la que trabajan así como a todo aquel allegado que se pueda aprovechar de ellos a partir de su generosidad, su debilidad, su indefensión o sus problemas. No saben que en realidad son necesarios para Dios, para el Estado, para los empresarios e incluso para los familiares que más los martirizan. Porque… ¿qué sería de esos depredadores sin el afamado cordero? ¿Qué harían sin su dieta humana? ¿Qué tristeza caníbal desataría qué cataclismos?

Un apocalipsis psíquico se desencadenaría y el equilibrio del mundo se tambalearía y todas esas cosas que nadie se ha imaginado nunca aunque le pasen a menudo, caerían sobre nosotros aprovechando la conciencia de grupo y, aunque compartidas son más llevaderas, nos sumirían en el estupor individual. Seríamos tejido muscular útil como objetivo para piezas de artillería que disparan proyectiles.

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