Hay más tipologías de títulos que de narraciones.

13 enero, 2014 § Deja un comentario

El perro encontrado en la calle, el cactus que me regaló Begoña, la planta traída de las dunas de Empúries y el brote de kalanchoe daigremontiana: todo en una cazuela.

El perro encontrado en la calle, el cactus que me regaló Begoña, la planta traída de las dunas de Empúries, unas conchas y el brote de kalanchoe daigremontiana: todo en una cazuela (mi patio, febrero 2009)

El relato de las cosas, tangibles o intangibles, es humano. Un viejo monje, atraído por el muestrario de la vida, dejó escritas algunas frases que no precisan de una interpretación erudita; son tan sencillas como la vida del monje en cuestión y no van más allá de lo que dicen.

Dijo primero: Los acentos son las cejas de las palabras. Y, a continuación: La puntuación es la intriga del texto. Para añadir: Los capítulos son los plazos del destino.

Algunos vecinos se acercaron a él, pues no era normal que saliese a la calle a proclamar algo que a casi nadie le interesaba, y les dijo: Desconfiad de las palabras que ocupan los principios y los finales de cada frase. Tomó aire y añadió: Un buen prólogo siempre tendría que abrir paso a una buena introducción.

Varios fueron a buscar vino a la taberna y cuando hubieron regresado, se sentaron alrededor del viejo monje que se había olvidado de todo lo anterior y trataba de cazar una mosca usando el clásico método de pillarla con la mano (hay gente que lo hace con la mirada, ya lo creo, y otros con dos manos, lo cual es patético).

El adjetivo es el valor de cambio de la narrativa, una moneda muy intestable.

Explicar una historia es delatarse. La confesión espontánea nunca da buenas historias.

El personaje central nunca es importante.

Aunque cueste de creer, todo el mundo prefiere las historias que ya habían empezado antes y acaban después de leerlas…

La gente ya estaba cansada de tanto dar vueltas al mismo tema y muchos habían optado por jugar con la baraja que había traído uno. Pasó un perro y les dijo: El humorista es aquél que por no atreverse a traspasar la frontera entre realidad y ficción, se deja llevar por los nervios.

Yo me dije: Somos como pensamos, pensamos como hablamos y hablamos como leemos, pero no leemos como hablamos, ni hablamos como pensamos, ni pensamos como somos.

Y el monje, que se había reanimado un poco (ya llevaba tiempo yaciendo en un jergón), me dijo: Ante la duda, mata al personaje o regálale una redención excesiva.

Parar un texto a tiempo y esperarse, es prudente. Continuarlo ha de ser igualmente un acto de prudencia.

Las historias con un hilo conductor son como las lucecitas intermitentes que venden por navidad: todo está conectado y todo pasa a la vez, pero si una falla, dejan todas de funcionar.

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