La economía desde una perspectiva cualquiera o no

17 mayo, 2014 § Deja un comentario

INtervención en el bar 68 )(Gràcia, primavera 2014

Intervención en el bar 68 (Gràcia, primavera 2014)

Hay que tener en cuenta que la mayoría de profesiones y ofertas que se publicitan en los paneles de anuncios callejeros son el fruto de la imaginación de personas que no tienen dinero pero atesoran talentos: desde el que repara cañerías al que te lee la mano, del que te ayuda a relajarte hasta el que te propone aprender papiroflexia. Vivimos un mundo de oficios, sin duda más imaginarios unos que otros, que diríamos marginales. Y parece ser que la economía en esas capas de negocio es fundamental para sostener un entramado social que va perdiendo paulatinamente el acceso al dinero. Podría llamarse trueque, aunque los billetes circulen por ahí (y por eso algunos se quedan más tranquilos cuando lo llaman “dinero negro”).

La frase de McLuhan: “El dinero es la tarjeta de crédito de los pobres” empieza a ser comprensible de una forma masiva. Aunque hay más: Hace tiempo que se propone que sustituyamos todo aquello que nos pueda costar dinero por intercambios en especies. No solo es una moda, también es algo que beneficia a muchas personas y es una iniciativa admirable por su responsabilidad, solidaridad y sostenibilidad, aunque no hay que haber vivido muchos años para saber que eso ha sido siempre habitual. El problema es que llevamos ya una década hablando del dinero como si se tratase de una especie en extinción, un patrimonio natural, un recurso escaso, algo tan preciado como el petróleo o los diamantes.

¿Estamos sosteniendo el dinero?

El buscador de dinero regresa de la mina, después de seis meses dejándose los huesos y la vista en los arroyos helados, con sabañones  en las manos, y cuando ha conseguido suficientes billetes, baja al pueblo, invita a unas rondas en el saloon, se afeita, se da un baño, paga al dentista, compra provisiones, le cambia las herraduras al burro y vuelve a su choza a comer tasajo, para proseguir con la búsqueda del preciado dinero que el arroyo arrastra mezclado con el lodo. Las minas de dinero del planeta se están agotando. Por eso hay cada vez más gente sin provisiones ni dentadura; ni siquiera se dejan ver por el pueblo. Un día te enteras de que encontraron su cadáver junto al arroyo dinerífero, crispadas sus manos agarrando aún los bordes de la criba en la que se veían algunos billetes mezclados con fango.

El dinero, se habrán fijado, es el mineral más preciado, el vegetal más deseado, el animal más simpático. Ustedes dirán, bah, son papeles de colores. Cierto. Pero numerados. Joseph Bramah (13 de abril 1748, Stainborough, Yorkshire — 9 de diciembre 1814, Londres), inventor británico, creó la máquina de numerar billetes de banco, porque en el principio, los billetes eran de banco. Bramah es un importante benefactor de nuestra civilización técnica: inventó también la prensa hidráulica, el surtidor de cerveza y el WC con cisterna de agua.

Hagiografías aparte, el oro, los diamantes, el petróleo, son convertibles en dinero pero la convertibilidad del dinero en tales cosas es variable. Pienso que el tiempo y el espacio de las personas tienen la misma estabilidad que esas piedras y fósiles frente al fluctuante valor del dinero, el único valor peligroso. Vida es un valor estable. Lo incomprensible es que, consistiendo el tiempo y el espacio de los pobres en la más estable de las cotizaciones del dinero moderno, no sea la vida una tarjeta de crédito aceptada en ninguna parte. Por ello pienso que deberíamos estar por un desarrollo igual y una renta mínima universal, y no por zarandajas travestidas con palabros como emprendeduría, reinventarse, excelencia e innovación, que suelen estar en boca de quien no ha emprendido, ni inventado, ni innovado nada en su vida (aunque oficialmente sea tratado como excelentísimo), más allá de tales patéticos y circunstanciales discursos que, aunque esa gente no lo sepa, ni siquiera lo intuya, van aumentando el valor de la vida en la medida que disminuye su precio.

Según la RAE, emprendedor es el que emprende con resolución acciones dificultosas o azarosas. Excelente es quien sobresale en bondad, mérito o estimación, e innovación es la creación o modificación de un producto, y su introducción en un mercado. La RAE no reconoce la palabra reinventar, y lo encuentro lógico, ya que algo inventado no puede volver a inventarse.  El Estado, sus ministros, regidores y consejeros nos están pidiendo ni más ni menos que emprendamos con resolución acciones dificultosas o azarosas, que seamos bondadosos, meritorios y estimados, y creemos y modifiquemos productos con el fin de introducirlos en un mercado. Incluso nos piden cosas imposibles, como que seamos hipnotizadores capaces de hacer que la gente crea que algo ya inventado se ha inventado de nuevo. El Estado nos trata a los productores como unos malditos vendedores a porcentaje, nos exige agresividad, una decisión obscena, el desprecio a las convenciones.

Pero eso implica sentirnos culpables de observarlo. En algún lugar de nuestra ética el estado debe de ser invisible. Si lo miras fijamente, se convierte en un tabú. En una Mona de Pascua, un Moai de la Isla de Pascua, una Mona Lisa Pascual. Una montaña análoga.

El Estado es muy poco dado a las confianzas recíprocas y no tolera demasiado la naturalidad. Eso es normal, no se trata de una estructura natural, aunque esté afianzado. Y resulta evidente su incapacidad para ser emprendedor, innovador y excelente, y cada vez que alguien propone reinventarlo, el Estado vomita la famosa bilis volcánica estatal que aterroriza a la población. El Estado no tiene remedio, y las curas que se supone que administra son placebos metalingüísticos con olor a sobaco en todas sus variantes ideológicas.

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