1 del 1 del (2+0+1+7=10, 1+0=1), ejem.

1 enero, 2017 § Deja un comentario

No sé si cabe destacar que, a estas alturas (200 metros sobre el nivel del mar), hay una tendencia o inercia (quizá se encuentre alguna comodidad en ello o, quién sabe, una profunda incomodidad) a imaginar el mundo cotidiano de la misma forma que imaginamos el otro mundo (el otro mundo es, por simplificación, lo que no llamamos el mundo cotidiano). Creo que es saludable, lástima que lo hagamos sin darnos cuenta. Al fin y al cabo, no existe una verdadera frontera entre ambas cosas (que se relacionan con muchas más, dispuestas en racimos o desperdigadas como nebulosas). Sólo las ideas de nebulosa o racimo ya parecen ser de otro mundo. Fíjense que corresponden a conceptos y, por lo que a mí respecta, jamás me he encontrado un concepto por la calle. Nunca ha venido un concepto a comer a casa y he comprobado que las personas que me son cercanas y con las cuales me relaciono habitualmente más bien son nebulosas o racimos de neuronas y tejidos y carne y huesos, así que deben procesar conceptos como quien separa el grano de la paja. A toda velocidad y con la ayuda del viento y la ley de la gravedad. De todo ello deduzco que no debe de haber una frontera infranqueable entre este mundo de cada día, donde la luz es luz y la oscuridad, oscuridad, y el mundo permanente del que participamos, por ejemplo en el soñar, y del cual nos servimos para el noventa por ciento de las tonterías que gestionamos a diario, donde todo pasa en claroscuro. Todo esto, que parece un galimatías, no es más que una fortuita coincidencia de planos sobre una perspectiva demasiado lineal. Para entendernos, al igual que desde la Tierra el Sol y la Luna parecen tener el mismo tamaño (aunque sea un efecto óptico fruto de la relación entre su distancia y sus dimensiones), la distancia entre nuestra imaginación y sus consecuencias no nos la revela el cerebro. Es más, el cerebro suele quedarse muy sorprendido cuando comprende que acaba de cometer un error de bulto, porque nuestra imaginación es tan versátil como para proyectar una realidad dimensional cotidiana y otra diferente, fantasiosa e inverosímil, y luego acordarse de ambas con la misma intensidad, hasta confundirlas (ejemplos, a miles). Luego, debo deducir que, o bien la realidad cotidiana es fruto de la imaginación o todo aquello que es fruto de la imaginación no tiene por qué no ser real. Ambas posibilidades me parecen respetables. Juntas, son un equipo ganador. También tranquilizan un montón. Sobre todo por la experiencia personal. Si tratáis de relacionar vuestra experiencia personal con los hechos que habéis vivido, descubriréis que muchos de esos hechos han dejado huellas tan irreales como las de un sueño y en cambio ciertos sueños os han acompañado produciendo la incómoda sensación de la certeza. Al menos, a mi me pasa. Pero, claro, no me pasa exactamente a mí, puesto que lo produzco yo. De ahí viene el problema principal, que es que les puede pasar a otros y, en el fondo, tenemos tan poco control sobre los efectos de la imaginación sobre el exterior y tan poco entrenamiento para imaginar, que a todo ello le llamamos ser. No estoy de acuerdo, somos una muy pequeña parte de lo que imaginamos. El resto es proyección. Y resulta que, gracias al esfuerzo de proyección colectivo, logramos armar a diario una realidad más o menos sostenible. En ese contexto, somos información. Pero aquí nos encontramos con la clásica trampa. La imaginación es una facultad humana de tomo y lomo, pero su fuente viene del otro mundo: no dejamos de poner sobre la mesa cartas de juego con viejos iconos que representan situaciones estáticas perennes a las cuales nos adscribimos en tanto las circunstancias (que son una especie de meteorología de la acción) nos lo sugieren. Sólo podemos proporcionar dos tipos de información: como individuos, el arquetipo (el que toque); como colectivo, datos exhaustivos sobre vidas y cuerpos efímeros que otros humanos usan pensándose que saber cosas de los demás es la pera. Bueno, me estaba alejando del tema. Perdón. Recapitulemos: una cinta métrica sirve para medir la distancia, un decibelímetro mide la presión sonora, un espectroscopio mide la luz y la imaginación mide la calidad de la realidad, incluyendo todo lo dicho hasta aquí. La imaginación es una herramienta que no hace falta saber cómo funciona para que funcione (ver política), pero va a resultar que sólo es saludable para todos cuando sabes cómo funciona. De hecho, creo que es la única tarea decente que puede ocupar una vida entera: aprender el funcionamiento del órgano de la imaginación.

“La multitud, a la que no se le había prometido nada, se sentía defraudada, porque no había recibido nada.” (Kurt Vonnegut)

Nos quedaría hablar sobre la relación entre la imaginación, las dimensiones y el tiempo. Se trata de una relación jerárquica. 

Pero voy a dejar este texto aquí, con la facultad que me otorga el hecho de estar ante un ordenador sobre la página de un servidor donde tengo alojado el blog teniendo en cuenta que “A los seres humanos siempre les gustan las máquinas cuyo funcionamiento pueden interrumpir.” (Kurt Vonnegut)

Sean consecuentes.

Ah, sí, feliz año nuevo.

Para saber más sobre el calendario gregoriano, una cúspide remarcable de la imaginación humana: https://es.wikipedia.org/wiki/Calendario_gregoriano

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